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La economía colombiana enfrenta el cambio de gobierno con cuatro grandes retos: recuperar el equilibrio fiscal, controlar la inflación, aumentar la productividad y reactivar la inversión, en un contexto de crecimiento con fuertes desequilibrios.
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La economía colombiana llega al cambio de gobierno con una paradoja en la que
crece, pero lo hace sobre desequilibrios que limitan el margen de maniobra para
sostener ese crecimiento. Más allá de las diferencias políticas, el próximo
presidente tendrá que enfrentar cuatro urgencias económicas que no admiten
postergaciones: recuperar el equilibrio fiscal, controlar la inflación, elevar la
productividad y reactivar la inversión. La capacidad para avanzar de manera
simultánea en estos cuatro frentes marcará la diferencia entre un crecimiento
coyuntural y un desarrollo sostenible.
La primera urgencia es recuperar el equilibrio fiscal. El déficit supera el 6 % del
PIB, la deuda pública está por encima del 60 % y el pago de intereses absorberá
una proporción creciente del recaudo. A ello se suman los pasivos contingentes
derivados de las reformas, que continúan presionando la trayectoria de la deuda.
El próximo gobierno tendrá que corregir este desequilibrio sin sacrificar la
inversión pública ni el gasto social. Si bien el ajuste del gasto contribuirá a ese
objetivo, también será necesario un ajuste estructural del sistema tributario que
haga más eficiente el recaudo.
La segunda urgencia es controlar la inflación. Esta se ha alejado de la meta del
Banco de la República e interrumpido la tendencia decreciente observada durante
los dos últimos años. Como consecuencia, las tasas de interés permanecen
elevadas, el crédito continúa siendo costoso y la recuperación de la inversión
pierde dinamismo. El desafío consiste en que la política monetaria cumpla su
objetivo de controlar la inflación sin frenar el crecimiento necesario para no afectar
el empleo ni el gasto.
Pero la estabilidad macroeconómica, por sí sola, no será suficiente. La tercera
urgencia está en el mercado laboral y la productividad. El aumento del salario
mínimo, sumado a la reducción de la jornada laboral y a mayores recargos, elevó
el costo laboral por encima de los aumentos en productividad. Aunque el
desempleo se mantiene en niveles históricamente bajos, más trabajadores se
concentran en el salario mínimo y el empleo informal continúa siendo un motor de
generación de ingresos en la economía. Romper el círculo entre baja
productividad e informalidad es indispensable para pensar en una economía con
crecimiento de largo plazo.
Quienes más sentirán esta presión serán las micro, pequeñas y medianas
empresas (MIPYMES), que concentran la mayor parte de las empresas y del
empleo. Mientras las grandes firmas pueden responder con tecnología y
reorganización, las microempresas operan con márgenes limitados y poca
capacidad para absorber, de manera simultánea, mayores salarios, menos horas de trabajo y recargos más altos. Cualquier estrategia orientada a elevar la productividad deberá reconocer esa realidad.
La cuarta urgencia consiste en recuperar la capacidad de crecimiento potencial. La
recuperación sigue apoyándose más en el consumo que en la inversión, mientras
persisten brechas regionales en infraestructura, conectividad, innovación, acceso
financiero y sofisticación exportadora. El país mejora levemente, como muestra el
Índice Departamental de Competitividad, pero no converge y, por tanto, los
territorios rezagados continúan lejos de los centros de mayor productividad. Este
es un desafío de más largo plazo, pero que necesita una apuesta consistente en el
tiempo.
El mayor error sería abordar estas cuatro urgencias por separado. El ajuste fiscal
condiciona la inversión; la inflación determina el costo del crédito; la productividad
define la capacidad de generar empleo formal, y la inversión es la base del
crecimiento futuro. En economía, estos desafíos no compiten entre sí: se
condicionan mutuamente.
La tarea del próximo gobierno será administrar estas tensiones de manera
simultánea. Deberá ajustar las finanzas públicas sin frenar la economía; reducir la
inflación sin deteriorar el empleo, al tiempo que promueve un mercado laboral con
mayores niveles de productividad y formalización; apoyar a las microempresas; e
incentivar la inversión productiva.
El verdadero desafío no será resolver uno solo de estos problemas, sino construir
una estrategia coherente en la que estabilidad macroeconómica, productividad,
inversión e inclusión laboral avancen en la misma dirección. Porque el éxito del
próximo gobierno no dependerá de atender una sola de estas prioridades, sino de
entender que el equilibrio fiscal, el control de la inflación, la productividad y la
inversión forman parte de una misma estrategia para construir un crecimiento
sostenible y de largo plazo para Colombia.
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El nuevo gobierno recibe una economía con importantes desafíos en materia fiscal, energética, de salud e inversión. Restablecer la confianza, ordenar las finanzas públicas y reactivar el crecimiento serán claves para el próximo cuatrienio.
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