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El Servicio Geológico Colombiano reportó que el sismo registró una magnitud de 7,4, con profundidad de 96 km, lo que lo convierte en el más fuerte desde 1979
Destrucción de Buenaventura
En algunas zonas rurales, las dificultades de acceso y comunicación hacen que incluso dimensionar los daños tome tiempo
*Colaboración Especial
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Desde el lunes 10 de agosto, las imágenes del terremoto que golpeó el occidente colombiano han sido difíciles de procesar. El sismo de magnitud 7,4 dejó, al cierre del jueves, al menos 281 muertos, más de 3.900 heridos y 379 desaparecidos. Pero entre las cifras nacionales hay una ciudad cuya situación merece particular atención: Buenaventura.
Mi hermano llegó allí de voluntario el miércoles por la noche para sumarse a uno de los muchos esfuerzos movilizados en el territorio. A través de él he recibido fotografías, videos y un primer informe sobre la distribución de alimentos apoyada por World Central Kitchen. El informe documenta daños en fachadas, cubiertas, cerramientos y estructuras en distintos sectores de la ciudad.

Buenaventura es apenas una parte de una emergencia mucho más extensa. El epicentro estuvo en San José del Palmar, Chocó, y distintas poblaciones del occidente del país resultaron afectadas. En algunas zonas rurales, las dificultades de acceso y comunicación hacen que incluso dimensionar los daños tome tiempo. Me detengo en Buenaventura porque desde allí estoy recibiendo información directa.
Lo que muestran esas imágenes resulta especialmente difícil de conciliar con lo que Buenaventura representa para Colombia.
Buenaventura alberga uno de los complejos portuarios más importantes del país. Según la Superintendencia de Transporte, entre enero y septiembre de 2025 su zona portuaria movilizó 16,4 millones de toneladas de carga, equivalentes a 20,8% de la carga movilizada por las sociedades portuarias de servicio público en Colombia. Contenedores, materias primas, vehículos y mercancías entran y salen por una infraestructura indispensable para nuestra economía.

A pocos kilómetros, las fotografías muestran otra realidad: viviendas con techos caídos, paredes abiertas y comunidades donde hacer llegar un almuerzo puede convertirse en una operación logística.
El terremoto ha complicado aún más llegar a algunos sectores. El informe permite seguir el recorrido de la ayuda casi paso a paso. Los alimentos son recibidos y organizados en el Hotel Estación y desde allí salen hacia distintos puntos. Se ha contratado transporte para llegar directamente a los barrios y algunas entregas terminan haciéndose puerta a puerta.
En la primera jornada documentada se distribuyeron 500 almuerzos: 60 en el barrio Lleras, 80 en el Hospital Luis Ablanque, 20 en Kennedy, 60 en la Clínica Santa Sofía, 60 en Antonio Nariño, 60 en Progreso, 60 en Carlos Holmes y 100 en Bajo Calima. Para el día siguiente estaban programados otros 800 almuerzos en nueve puntos.

Detrás de esas cifras hay una red de personas. Los líderes comunitarios han sido fundamentales para identificar necesidades, organizar los puntos de entrega y facilitar el acceso a lugares que quienes llegan desde afuera difícilmente conocerían. A ellos se suman voluntarios, organizaciones, empresas locales, instituciones de salud y ciudadanos. Mi hermano es apenas uno de muchos.
Eso es quizás lo que más me ha impresionado estos días: la distancia entre anunciar que hay ayuda disponible y conseguir que llegue hasta una persona concreta.
World Central Kitchen, fundada por el chef José Andrés, trabaja precisamente sobre esa última milla. Esta semana José anunció además US$1 millón para apoyar a pequeños negocios de alimentos afectados por el terremoto. Cuando hablé con él esta mañana me hizo una observación sencilla: esto es de larga duración, semanas, meses.
Las imágenes ayudan a entenderlo. Una familia que perdió su vivienda seguirá necesitando ayuda la próxima semana. Un pequeño negocio que no puede abrir seguirá sin generar ingresos. Y llegar a una comunidad apartada seguirá siendo difícil cuando las cámaras ya no estén allí.

Buenaventura hace especialmente visible otra paradoja. Hemos construido allí infraestructura capaz de mover millones de toneladas de carga y conectarnos con el mundo, mientras comunidades a su alrededor continúan enfrentando enormes carencias de vivienda, servicios públicos y conectividad.
Estos días, mientras la actividad de uno de los principales complejos portuarios del país se ha visto interrumpida por el terremoto, en los barrios la emergencia se mide de otra manera: vehículos cargados de almuerzos intentando llegar hasta las familias afectadas.
Las dos imágenes pertenecen a la misma ciudad.
Y aunque mi ventana estos días sea Buenaventura, no debemos confundirla con la totalidad de la tragedia. En Chocó, donde estuvo el epicentro, y en otras poblaciones del Valle del Cauca y del occidente colombiano, la geografía y la dispersión de algunas comunidades hacen especialmente compleja la respuesta.
Lo que ocurre en Buenaventura es solo una parte de una historia mucho mayor.
Quizás las imágenes que llegan desde allí nos obliguen a mirar con otros ojos una ciudad que Colombia conoce muy bien por todo lo que mueve, pero no siempre suficientemente por quienes viven en ella.
Buenaventura conecta a Colombia con el mundo. Es hora de que Colombia mire también hacia Buenaventura.
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