sábado, 21 de marzo de 2020

Las repercusiones económicas podrían manifestarse en una contracción de hasta 1,3 puntos del PIB mundial, costándole a la economía alrededor de US$1,1 billones

Édgar Sánchez

Desde hace varios años el mundo ha sufrido la llegada de varias enfermedades, las mismas que con el tiempo han desaparecido o se les ha encontrado cura, vacuna o la manera de detener su propagación. Ahora, iniciando la segunda década del siglo nos encontramos cara a cara con el Coronavirus (Covid-19), ya declarado como pandemia, y que se ha propagado con un aumento impredecible de contagios. Ante esta situación, los diferentes gobiernos han implementado medidas para reducir su expansión y proteger la salud de sus habitantes.

Es claro cómo este tipo de eventualidades son un fuerte golpe para la economía. En primer lugar, es costoso establecer planes de contención del virus y de atención a la población contagiada. En segundo lugar, si existe un caso de contagio en un país, surgen desequilibrios económicos tanto por los efectos de los planes de contención, como por el mismo temor al contagio.

No es necesario irse hasta 1918 a la Gripe española para entender lo que está pasando. Hoy, para no ir tan atrás en la historia, traigo a colación aquellas enfermedades que en los últimos veinte años han hecho parte de nuestra realidad.

Por ejemplo, el síndrome respiratorio, agudo y grave (Sars) en el año 2003, el cual afectó rápidamente a más de 20 países en Norteamérica, Suramérica y Europa; el impacto de este virus representó una contracción del PIB mundial en 0,1% durante ese año. Así mismo, el H1N1, en el 2009, se convirtió en pandemia con un costo global de US$50.000 millones y pérdidas económicas que oscilaron entre 0,5% y 1,5% del PIB en los países afectados.

En el año 2014 hubo una epidemia de Ébola en el continente africano con la cual los países afectados contemplaron estrategias para responder tanto a la crisis humanitaria, como al impacto económico; se estima que el costo de recuperación por esta epidemia para Liberia, Sierra Leona y Guinea fue de $812 millones, $844 millones y $2,89 billones, respectivamente. Un fuerte golpe para esas frágiles economías.

Ahora comenzando el 2020, estamos afrontando una nueva pandemia, el Covid-19, que ya está afectando gravemente a la mayoría de los sectores productivos, especialmente porque uno de sus epicentros fue China, el mayor exportador del mundo, con ventas cercanas a $2.200 trillones en 2019; algunas instituciones económicas estiman que en caso de que la propagación del virus no se detenga, las repercusiones económicas podrían manifestarse en una contracción de hasta 1,3 puntos del PIB mundial, costándole a la economía alrededor de US$1,1 billones.

Es evidente que controlar el virus debe ser la prioridad de los gobiernos, líderes y CEOs, y desde mi punto de vista lo está siendo. Antes de pensar en lo económico, debemos pensar en las personas. Sin embargo, a pesar del aislamiento obligatorio de países como España e Italia y el aislamiento voluntario en Colombia, son muchos ya los sectores perjudicados: el textil por el cierre de las fábricas; el del turismo, pues solo China, en 2018, hizo 150 millones de viajes y ahora están detenidos; el de la tecnología, pues ha habido una caída de 50% de exportación de teléfonos inteligentes, entre otros.

Pero no hay otras medidas conocidas y son las que se deben tomar y se deben acatar. Es el costo por el que la humanidad debe pasar para salir adelante, así como desde 1918 el mundo logró salir de la crisis de la Gripe Española y en el 2009 de la H1N1, o 2014 del Ébola. Las pandemias no se van a extinguir, seguirán apareciendo y debemos estar cada vez más preparados para asumirlas, entenderlas y sobrellevarlas por encima del caos o el pánico.

Se habla ahora de resiliencia, que es sencillamente la capacidad de enfrentar embates como las pandemias, mientras se encuentra la solución. Mientras tanto, como lo dijo el director general de la Organización Mundial de la Salud: Que la esperanza sea el antídoto del miedo; que la solidaridad sea el antídoto para la culpa y que nuestra humanidad compartida sea el antídoto para las amenazas que compartimos.