MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
Ódiame por piedad, yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia, odio quiero más que indiferencia…
La voz de Julio Jaramillo, cantante ecuatoriano, conocido como “El Ruiseñor de América”, considerado una de las grandes figuras de la música popular latinoamericana, hizo de Ódiame, un pasillo inolvidable, un canto al desamor de un continente; la interpretó con tanta fuerza y sentimiento, que su nombre y el de la canción quedaron unidos para siempre. Vale la pena decir, eso sí, que realmente fue compuesta por el compositor peruano Rafael Otero, basado en un poema para Federico Barreto.
La letra de la canción contempla una gran paradoja: Si no es posible ser amado, pues entonces, mejor ser odiado; de alguna manera es una forma de ser visto.
Otero la compuso en 1950 y Jaramillo la grabó en 1959; pronto se hizo himno.
La música es una forma universal de expresión y comunicación, representa memorias cotidianas, hechos y fantasías, pero puede ser también acto premonitorio y en consecuencia, aplicativo para una nueva experiencia por vivir.
En la actualidad, el odio se ha convertido en un bien transable. Por ejemplo, los discursos políticos que generan vistas y cercanía están basados en el odio como gran movilizador; todo lo demás es inocuo e invisible. El odio hoy se monetiza y se capitaliza. Se transforma en data, en dinero, en aplauso y en admiración.
Hazme odiar a alguien y te seguiré. No me digas nada más.
Por otra parte, la neurociencia comprueba que el odio activa en el cerebro circuitos muy similares a los de la adicción, mantiene la atención viva y estrecha con quien lo produce y lo alimenta. Y la tecnología algorítmica, alimentada por los dos anteriores, multiplica el mensaje brindándole mayor visibilidad y exposición, lo que también se traduce en rentabilidad.
Así pues, tres ecosistemas en marcha: el político, el digital y el científico. Los tres administrando un recurso de alto valor económico basado en una emoción: el odio.
El odio es punto de encuentro sobre las se crean afinidades y empatías, ya no hay espacio para un disentimiento constructivo, tampoco es suficiente tener similitudes, lo único que acerca a unos con otros es la facultad de odiar al mismo.
La data dice que la escala de odio viralizado tiene 3,5 veces más alcance que cualquier otra y una vida útil 3,2 veces más larga.
En lo que concierne a lo emotivo, en las mesas cotidianas los afectos crecen en la medida en que la división es más contundente. El respeto se otorga a quien mejor entienda la ecuación, el aplauso se brinda a quien más alto lo plantee y la admiración se ofrece a quien mejor lo inocule.
¿Qué es lo que realmente sucede cuando todo esto se normaliza?
¿A dónde conduce el odio?
¿Cuál es su rentabilidad real?
¿Cuál es su techo?
¿Hay conciencia al respecto y, si la hay, la misma está siendo ignorada?
¿Qué precio oculto se puede estar pagando?
¿Es posible que se transforme en algo aún peor?
¿Es el fin de la cordura?
¿Se podrá romper este círculo?
¿Será posible dejarlo solo en el estrado de las melodías musicales como representación simbólica del desamor y cantarlo juntos, los odiantes y los odiados en una noche de despecho y nada más?
Las respuestas no las tengo, solo sé que el odio implica presencia y vínculo; entre más se odia más vinculado se está al odiado
Mejor termino como empecé este texto, cantando, y recordando que la letra de
“Ódiame” también dice…
“Pero ten presente, de acuerdo a la experiencia, que tan solo se odia lo querido…”.
Cuidar la competitividad no es pedir privilegios. Es proteger el ingreso rural, el empleo y la capacidad exportadora del país. Una economía no se fortalece con una moneda artificialmente fuerte, sino con un aparato productivo eficiente, innovador y confiable
La verdadera corrección no está en la firmeza del tono, sino en el cambio de reglas. Porque cuando cambian las reglas, cambian los incentivos, y solo entonces el país empieza, de verdad, a ordenarse. Ojalá el candidato recalcule