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-¿Cómo estás? Le pregunté.
-¿Comparado con quién? Me respondió. Y echó a reír. Yo reí también.
Sus respuestas siempre fueron así, distintas. Su forma; desparpajada y fresca, buscando en el humor aliviar la presión de todo lo cotidiano y, como todo aquel que no tiene filtros, permitía a su palabra reposar en un aire desprevenido y poco racionalizado, tal vez sin darse cuenta que en sus dichos habitaba tanta agonía y liberación como reflexiones. Hay cosas que nunca cambian y nuestra amistad, a pesar de la distancia física, siempre estuvo basada en la sorpresa y la cercanía; siempre quedó algo después de cada encuentro, y este no había sido la excepción. Juan Pablo se había encargado de dejarme pensando una vez más, en esta ocasión, en la comparación.
La comparación es un gesto tan antiguo como la conciencia.
Mirar a los lados y preguntarnos: “¿Cómo estoy con respecto a los otros?” o a alguno en particular. Este ejercicio que parece natural revela su engaño sutil; supone que dos existencias podrían exponerse sobre una misma escala sin alterar su esencia, lo cual desconoce que nada tiene el mismo origen, el mismo trayecto y el mismo destino.
No somos puntos intercambiables. Cada ser humano es un mundo irrepetible.
Cada existencia formula su propio planteamiento; en consecuencia, la comparación no ilumina; disuelve.
Al compararnos nos traicionamos, nos alejamos de nuestra propia encarnación y reducimos al otro y a nosotros mismos, a un peldaño o una sombra. Allí nace la envidia que se enquista, la frustración que consume y el resentimiento que agota.
La comparación no eleva; arrastra hacia lo mínimo, distorsiona las realidades, masacra la gratitud, y la interpretación de la vida misma queda hipotecada en metros y termómetros indistintos y confusos. Comparar es peligroso, puede convertir la diferencia en competencia. La comparación no genera conocimiento, es posible que genere jerarquía, pero no garantiza conocimiento.
Una cosa es identificar similitudes, ecos, parecidos que amplían el horizonte sin pretender juzgar o abordar referentes, pues el referente no mide, inspira, simplemente recuerda, expone y hasta enseña. Otra muy diferente es la comparación que inventa una métrica universal -éxito, virtud, felicidad-. Esa métrica es ilusoria, pues, si es cuantitativa, ignora los abismos propios de cada vida y, si es cualitativa, se vuelve circular, interminable. La comparación fractura el espejo del ser y multiplica rostros distorsionados.
En el emprendimiento, en el mundo creativo, en cualquier industria, el abandono de la comparación deja espacios, permite ubicarse en relación con lo propio, y no se trata de olvidar la referencia de los entornos, los mercados, las tendencias, los indicadores y demás; se trata de dejar de escuchar el rumor de la vara ajena y de perseguir huellas y caminos que no nos pertenecen, pues el camino de lo singular nadie lo puede replicar.
Vivimos en una sociedad que necesita establecer comparaciones y que desconoce que renunciar a ellas, en el fondo, es un acto de fidelidad a uno mismo. Un río no se compara con el mar: ambos fluyen, pero cada uno encarna un modo distinto de ser agua.
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