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Analistas 20/04/2021

De micos, jaulas, escaleras y bananos

Vicente Echandía
Diplomático
La República Más

Hace un tiempo leí, no recuerdo bien donde, acerca de un experimento que considero dice mucho sobre la condición humana. Del experimento hacen parte cinco micos encerrados en una jaula de la que cuelgan unos bananos a los que se llega usando una escalera. Cada vez que uno de los micos trata de ir por los bananos, un investigador rocía con agua fría a los otros cuatro. Después de algunos intentos, cada vez que un mico se acerca a la escalera para coger los bananos es atacado por los otros que le impiden subir. Cuando reemplazan a uno de los micos por un “novato”, y este trata de ir por los bananos, es atacado por los otros cuatro. Después de reemplazarlos a todos, de uno en uno, los micos aprenden a no coger los bananos por miedo a ser atacados por sus compañeros, pero nunca entienden por qué. Solo repiten el comportamiento.

Hay algún debate sobre la veracidad del experimento y sobre si se realizó o no, pero más allá de esa discusión, considero que es una explicación, entre muchas otras, respecto de la manera en la que terminamos comportándonos como lo hacemos. No de otra manera se pueden entender las contradicciones y complejidades con las que vivimos. Les pongo un ejemplo: el abandono de ciertas regiones en Colombia.

Es grande el esfuerzo que, por lo menos en papel y en recursos, se ha dirigido por décadas a mejorar la situación de municipios en el Pacífico colombiano, los cuales mantienen unos índices de desarrollo testarudamente bajos. Es difícil que tantas malas coincidencias terminen sucediendo y repitiéndose durante siglos y décadas. Tampoco pareciera el resultado del poder conspirativo de algunas pocas personas; hay demasiados actores interviniendo en las decisiones que afectan esos resultados. ¿Entonces como terminamos en estas?

Aquí es donde el experimento tiene una importante validez. Terminamos repitiendo comportamientos positivos y negativos, que en algún momento tuvieron una razón. Es un elemento muy fuerte de tradición, el seguir haciendo las cosas de la misma manera que se han hecho siempre. En esto no dejan de sorprenderme las varias semejanzas que se encuentran en las descripciones que se hacían de la España del siglo XIX con la Colombia del siglo XX.

Pero nada de eso es extraño. Pasa en otros países latinoamericanos con los cuales compartimos muchos de los elementos de la jaula, la escalera y los bananos.

Lo que en cambio resulta increíble es la imposibilidad de que nosotros, los colombianos, como sociedad, nos organicemos para definir metas conjuntas. Y con esto no me refiero solamente a la responsabilidad que les corresponde a los supuestos líderes del país. Me refiero a la responsabilidad que nos cabe a todos de hacer nuestra parte y a exigir a quienes les corresponde que cumplan con la suya.

Porque mientras aquí nos desgastamos con debates bizantinos y discusiones nimias de políticos desconectados, otros países han logrado definir rumbos que los alejan cada vez más del nuestro. Si antes eran los países asiáticos los que nos asombraban por sus avances, hoy en día quienes nos sobrepasan son los países de la región. Solo hay que mirar los índices de la Oecd para darse cuenta que Colombia está por debajo de Costa Rica, Chile y México.

Así que o nos ponemos de acuerdo para cambiar las cosas, o terminamos como los micos, mojados, con frío y sin comer.