Analistas 26/11/2020

El orgullo más grande, la vergüenza más profunda

"La mano de Dios": como argentina, crecés con la mano de Dios en la cabeza, con la idea de que el fin justifica los medios que, si es para hacerle un gol a los ingleses, todo vale. Y eso, quizás, es parte de nuestra identidad.

Maradona es irrepetible. Para bien y para mal. No va a haber otro igual, para bien y para mal.

Murió el 10, el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. El que construyó nuestros sueños... y nos enfrentó con nuestras pesadillas, el que nos definió y de, alguna manera, nos dio una identidad para el mundo.

Desde la Patagonia hasta Alaska, en cada uno de los 5 continentes, Maradona es sinónimo de Argentina. Como Evita. Como Gardel. Es difícil escribir sobre Diego, es difícil escribir objetivamente sobre Diego: como argentina, como fanática del fútbol, como mujer y como persona.

Me lo crucé una vez en Palermo, en un restaurante; y creo, honestamente, que lo vi esa vez, no lo voy a volver a ver en mi vida. El Diego estaba comiendo con amigos, con su familia, ¡qué sé yo! Y afuera, la gente se pegaba a la ventana, lloraba, tomaba fotos y él intentaba seguir comiendo como una persona normal, pero no era una persona normal.

No había nada normal en Diego, ni en su vida profesional, ni en su vida personal. Si vamos a hablar de Maradona tenemos que hablar del jugador y de la persona. Un hombre que le pegaba a la mujer, tenía hijos por todos lados, que maltrataba a la gente y que, de alguna manera, por todas las alegrías que nos dio, era inimputable.

Se muere Maradona y muere un poquito de mí, se muere Maradona, y muere un poquito de todos.

Todavía me acuerdo del Italia 90, me acuerdo de estar viendo el partido, me acuerdo de mi papá diciendo que estaba viendo al mejor jugador de la historia. Me acuerdo del llanto de Maradona. Ese día entendí que los hombres podían llorar, que estaba bien que un hombre se emocionara, porque si el 10 lloraba, todos pueden llorar.

Y después me acuerdo de los videos de Maradona pegándole a Rocío Oliva, de Maradona defendiendo lo indefendible, de Maradona pedante, diciendo que Argentina arriba y Colombia abajo... La verdad es que yo siempre he sido muy crítica de Maradona, creo que gran parte de la fama negativa que tenemos los argentinos, es por él, la arrogancia, la soberbia.

Pero cuando me tocó dar la noticia, se me estrujó el corazón. Porque Maradona, más allá de la pelota, más allá de la leyenda, más allá del mundial, es Argentina. Todo lo bueno y todo lo malo que tenemos los argentinos: el orgullo más grande, la vergüenza más profunda.

Es una estrella, era una estrella; un ícono de la cultura popular. Con la muerte de Maradona nos enfrentamos a una disyuntiva que no es nueva: la persona, ¿anula al personaje?

No lo sé, solo sé que yo que siempre he sido una acérrima crítica de Maradona, pero lloré. No sé si lloré por el jugador, por la persona, por mi infancia. Solo sé que lloré como Diego lloró en Italia 90.

¿Qué nos duele? ¿Por qué nos duele? ¿Quién nos duele? ¿Nos duele el jugador? ¿Nos duele la persona? ¿Nos duele lo que esa persona nos hizo sentir? Si vinieron a esta columna buscando respuestas, lamento decepcionarlos. Acá, solo hay preguntas, lo único incuestionable es la zurda, es inmortal…