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ANALISTAS 11/02/2026

La nostalgia no es una estrategia

Ugo Posada
Inversionista y mentor Endeavor

Oír la radio desde el comedor de la casa de mi infancia en Pereira desencadenó en mí una avalancha de nostalgia. Recordé los viajes en carro al suroeste antioqueño para recorrer los pueblos en que creció mi padre: el canto de los gallos criollos en la madrugada, cuando despertábamos en Titiribí; el aroma de la arepa de maíz cuando la calentaban en el hornillo de carbón en Betulia; y la textura de la leche recién ordeñada cuando nos la servían en una taza de barro en Urrao.

El hecho de que añore las bonitas memorias que tengo con mis padres vacacionando en las fincas antioqueñas, y que valore las experiencias que tuve durante mi niñez al tener una ventana a la hermosa Colombia rural, no significa que presuma que es una existencia idílica que todos deberíamos aspirar a llevar.

No deseo, en lo personal, una vida bucólica. Puede ser estéticamente agradable en el arte y poética en la literatura, pero si, según el Dane, alrededor de 70% de los jóvenes en nuestro país expresan el deseo de migrar a la ciudad y 10% lo hacen año tras año, me hace pensar que, si el campo no es el espacio en que las juventudes anhelan construir su vida, es porque lastimosamente carece de las oportunidades que los humanos buscamos para prosperar.

No creo que sea a través de discursos que recuerdan los años gloriosos del campo colombiano que convenzamos a los jóvenes de quedarse en pueblos y veredas. “La nostalgia no es una estrategia”, como mencionó Mark Carney, primer ministro de Canadá, en su reciente discurso en el Foro Económico Mundial de Davos. Es buena para banderas e himnos, para inspirar y suspirar, pero insuficiente para desarrollar políticas públicas efectivas y construir empresas exitosas.

Considero que una respuesta posible está ligada a las fuerzas del mercado: oferta y demanda. El campo puede ser rentable, pero no en todos los casos: ni para todos los cultivos, ni para todas las regiones, ni únicamente para la producción agrícola. Hay que aprovechar la belleza de nuestro territorio para impulsar el ecoturismo de calidad y beneficiarnos de nuestra riqueza hídrica y geológica para producir energía y exportar minerales de manera responsable.

Hay que entender en qué lugares hay ventajas comparativas que permitan operar de manera rentable: ahí aterrizará la inversión y, donde hay capital, habrá oportunidades, y donde hay oportunidades de llevar una vida próspera y honesta, la gente convergerá como el agua por el cauce del río, sin forzarla.

Al mismo tiempo, es ingenuo creer que habrá espacio para que todos los jóvenes del campo se quieran quedar. No es solo un tema racional, es también aspiracional. Las redes sociales idealizan y viralizan la vida de la ciudad: el bullicio, el dinamismo y, no menor, la disponibilidad de potenciales parejas. La ciudad no es el enemigo, es un punto focal de desarrollo, e invitar y ayudar a integrar a jóvenes talentosos para que sean exitosos en las urbes es beneficioso para la sociedad. No es campo versus ciudad, es campo y ciudad.

Soy un optimista, creo en un futuro brillante para Colombia. Considero que se construye con acción y ambición, mirando hacia adelante con esperanza y no hacia atrás con melancolía. Esta visión pragmática sobre el desarrollo rural puede guiar también nuestras decisiones electorales. El domingo 8 de marzo, invito a escoger congresistas que tengan una historia de construir y un foco en hacer, que lideren con ilusión y que ejecuten con ímpetu. Sugiero evitar votar por candidatos que quieran legislar mirando por el espejo retrovisor, anhelando repetir una historia inaplicable al contexto actual, o con un afán de contagiarnos de ideologías utópicas que han resultado inefectivas en donde han sido implementadas.

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