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Analistas 14/04/2026

Guerra lejana

Simón Gaviria Muñoz
Exdirector de Planeación Nacional

La guerra entre Irán, EE.UU. e Israel es un conflicto distante, pero que impacta directamente a Colombia, incluso sin que se dispare un solo tiro en su territorio. La mayoría de los colombianos no ubican a Isfahán, ni el argumento para la guerra es tan claro, pero el epicentro del impacto es el petróleo. El cierre parcial del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de 20% del crudo mundial, generó el mayor shock energético en décadas, potencialmente el más grande en la historia. El resultado es evidente: precios del petróleo por encima de US$100, pero con Arabia Saudita alertando que, si el cierre continúa, los precios podrían superar los US$180.

Para Colombia, esto tiene una doble cara. En el corto plazo, mayores precios del crudo significan más ingresos fiscales, mayor flujo de divisas y un alivio para las cuentas externas. Sobra decir que la bonanza sería mayor si no se hubiera desestimulado la producción de crudo en Colombia. En el largo plazo, esa lectura es incompleta: el coletazo viene por el lado de los alimentos.

El mismo choque energético que eleva los ingresos también dispara la inflación global. El encarecimiento del transporte, los fertilizantes y los alimentos ya se está transmitiendo a las economías del mundo. Colombia, como importador neto de buena parte de sus insumos agrícolas y logísticos, no es inmune. Cada dólar adicional en el precio del petróleo es también un impuesto silencioso sobre la comida.

Más aún, el conflicto introduce un riesgo estructural: la desaceleración global. El FMI ya advierte que la guerra está deteriorando las perspectivas de crecimiento, especialmente en economías vulnerables. Si las principales economías se enfrían, la demanda por exportaciones colombianas, más allá del petróleo, también se contrae. La bonanza puede convertirse rápidamente en más exportación de hidrocarburos, pero con disminución en otros productos.

Hay, además, una dimensión geopolítica que Colombia no puede ignorar. En un mundo fragmentado por bloques energéticos, EE.UU. consolida su posición como potencia exportadora, mientras Europa y Asia enfrentan mayor vulnerabilidad. América Latina queda en una zona intermedia: con recursos, pero sin una estrategia común con EE.UU. Aquí es donde Colombia enfrenta su mayor dilema. En lugar de aprovechar este momento para fortalecer su capacidad energética, el país ha optado por debilitarla. En un mundo donde la energía vuelve a ser poder, Colombia corre el riesgo de autoexcluirse.

La lección es clara. Las guerras no solo se libran con misiles, sino con barriles. Y los países que entienden eso construyen soberanía, estabilidad y poder. Los que no, quedan expuestos a los ciclos de otros. La guerra entre Irán, EE.UU. e Israel no definirá el destino de Colombia, pero sí revela, con brutal claridad, si Colombia está preparada para el mundo que viene y si tiene una oportunidad de desarrollo. Colombia, en el marco de la reactivación del sector energético venezolano, debe integrarse en el programa energético del hemisferio occidental.

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