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Colombia lleva décadas buscando nuevos motores de crecimiento mientras ignora uno que tiene al frente: alimentar al Caribe. A pocas horas de nuestros puertos existe un mercado que importa casi todo lo que consume. Buena parte de sus alimentos llega desde Estados Unidos, Europa o mercados más lejanos. De hecho, la meta de Caricom es reducir en 25% su factura de importaciones alimentarias. El Caribe necesita alimentos. Colombia necesita mercados. Lo que falta es construir el puente comercial entre ambos.
Para Colombia, esta dependencia representa una oportunidad. No se trata simplemente de vender más banano, carne o frutas tropicales. El desafío es construir una plataforma agroindustrial capaz de atender regularmente mercados como República Dominicana, Jamaica, Guyana, Aruba, Curazao y Trinidad y Tobago. Una mayor integración comercial con Caricom ampliaría ese potencial. Ojalá un día podamos ser socios.
Aprovechar esta oportunidad exige corregir algunos errores históricos. El primero es creer que producir basta.
Para competir, la logística importa tanto como la cosecha. Un mango que llega tarde pierde valor. Una cadena de frío interrumpida reduce los márgenes. Sin entregas regulares, un exportador pierde contratos. Necesitamos corredores refrigerados entre las zonas productivas y los puertos caribeños, además de rutas marítimas frecuentes hacia los mercados insulares.
El segundo error es no desarrollar el potencial de transformación de las materias primas. Colombia debería ampliar su oferta de pulpas, frutas congeladas, proteínas procesadas, lácteos, alimentos preparados y productos empacados. La agroindustria agrega valor, genera empleo formal y retiene más riqueza en nuestras regiones.
El tercero es pretender conquistar mercados sin conocer sus condiciones de demanda. Los compradores exigen regularidad en el suministro, cumplimiento sanitario, trazabilidad, empaques adecuados y precios competitivos. La política exportadora debe partir de estos requisitos y articular producción, transformación, logística y comercialización para responder a ellos.
Se requiere una estrategia Caribe 2035, con metas de exportación por país y producto. Esta debe impulsar plataformas logísticas de consolidación en nuestros puertos; facilitar crédito para plantas agroindustriales; gestionar protocolos sanitarios y reducir barreras comerciales, y organizar misiones comerciales permanentes con cadenas hoteleras, distribuidores y supermercados.
El impacto puede extenderse más allá de la costa. Córdoba y Sucre podrían fortalecer sus cadenas cárnicas y lácteas; Magdalena y Cesar, su producción frutícola; el Eje Cafetero, sus alimentos procesados, y los Llanos, sus proteínas y granos. El Caribe podría convertirse en la puerta de salida de una red productiva nacional.
Nada de esto ocurrirá por decreto. La estrategia debe construirse sobre las ventajas del país, pues no todos los productos colombianos serán competitivos frente a proveedores de otros mercados. Por eso, debe concentrarse donde podamos competir por calidad, precio, cercanía, oportunidad logística y capacidad de suministro. Colombia no necesita inventarse una nueva geografía económica. Necesita aprovechar la que ya tiene. El Caribe no es solo nuestro mar: también puede ser uno de nuestros mercados naturales.
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