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Hora de balance. Además de los conocimientos sobre economía y finanzas públicas, el ministro de Hacienda debe tener una visión integral del sector público, los mercados financieros internacionales y, al menos, claridad conceptual sobre asuntos monetarios y cambiarios. Dada la obligada interacción con el Legislativo en asuntos como el presupuesto público y los cambios en impuestos, esa relación es determinante en el resultado de su gestión. La credibilidad ante los agentes económicos y la capacidad para frenarle pretensiones al primer mandatario y a los demás ministros sectoriales son básicas en la salvaguarda de las finanzas públicas.
José Antonio Ocampo, el primer ministro de Hacienda de los cuatro del gobierno de Gustavo Petro en los tres años y medio de administración, se acercaba mucho a ese perfil clave. Sin embargo, pasó por alto que Petro tenía ideas preconcebidas distintas a las suyas y rápidamente entró en desgracia. Duró nueve meses y fue sacado del cargo, dejando como herencia una reforma tributaria apresurada y no concertada, que fue la cuota inicial de la caída en el crecimiento económico. Decente Ocampo, pero opaco su paso por su segunda oportunidad en la cartera de Hacienda.
Llegó luego Ricardo Bonilla, secretario de Hacienda en la alcaldía de Petro en Bogotá y asesor en la campaña electoral. Sin el cartel académico de Ocampo, pero con una base teórica importante, rápida y conscientemente tomó el camino “fácil” de atender dócilmente las ambiciones del primer mandatario por gastar los recursos de los contribuyentes con criterio populista e irresponsable y/o usarlos para lograr el “apoyo” al trámite legislativo de los proyectos oficiales. Bonilla abrió sin contemplación el hueco fiscal, la economía siguió su caída y se hizo evidente la desconfianza de los agentes económicos. No es un ladrón, pero hoy paga las consecuencias de su laxitud. El “Petro sin amigos” lo sacó.
El profesor Diego Guevara solo estuvo tres meses en Hacienda. Planteó con claridad la necesidad de hacer un ajuste en el gasto público como única opción para atajar una debacle fiscal, pero chocó con Petro en esa idea. No transó su ortodoxia y dejó el cargo. Fue sucedido por el economista Germán Ávila, amigo de juventud del presidente en el colegio La Salle de Zipaquirá y compañero de lucha en la naciente guerrilla del M-19. Nada de economía.
La realidad es que no se conocía un cartel tan empírico como el de Ávila en el manejo de la cartera, en el que la complicidad del amigo está por encima de cualquier consideración técnica del tema. En su vida profesional solo se destaca la dirección de una cooperativa de vivienda popular y unos meses al frente de un conglomerado financiero del Estado, hoy en el limbo.
Los resultados están ahí: un déficit fiscal sin antecedentes, una gran despreocupación por el crecimiento económico y unas relaciones frías con la banca internacional. Su posición dura solo se expresa en cuestionar al Banco de la República y en su obsesión por poner impuestos, pero nada que ver con la necesaria austeridad fiscal, con si la inflación sube o baja, o con el bienestar de los ciudadanos, que se supone es el objetivo de la política económica. Sin huella.
La integración de la acción comunicativa, la ética del discurso y la ontología estratificada permite que, desde las universidades, podamos ser verdaderos motores de transformación
Siempre he sido una abanderada de la educación pública, porque si de oportunidades se trata, la única puerta de entrada real es la educación pública gratuita