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El desafío de la desindustrialización

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Por cuenta de la prolongada “enfermedad holandesa”, del período 2005-2014, Colombia vio caer de forma acelerada la participación de su producción industrial dentro del PIB-real, de niveles cercanos al 24% durante 1968-1986 a los valores actuales de solo 11%. Anif ha estimado que la marcada apreciación real del peso frente al dólar, desalineándola en cerca de un 25% frente a su valor de Paridad del Poder Adquisitivo (PPA), “explica” una aceleración en la caída de la relación Valor Agregado Industrial/PIB cercana a los 5 puntos porcentuales respecto de su trayectoria secular.

En esa trayectoria secular de descenso en la producción relativa industrial suele excluirse a los países emergentes de Asia, pues allí lo que se ha observado es una marcada estabilidad en la participación de la producción industrial en valores del 25%-30% (donde incluso China ha sabido mantener dicha relación en niveles del 30% desde la década de los noventa).

Pues bien, en la era de la robótica y de la “nueva revolución industrial” mantener los niveles de producción industrial y sus aportes en el empleo está siendo cada vez más difícil a nivel global, por múltiples factores. Una de esas razones tiene que ver con el descenso en la producción masificada de muchos productos, tal como bien lo ha señalado Marsh (2012).

En efecto, recordemos que las revoluciones industriales pueden clasificarse en cinco etapas, según Marsh: i) “mecanización” de las textileras durante 1780-1850; ii) “acerías” para atender el transporte fluvial, ferroviario y aéreo en 1860-1920; iii) “invenciones” de todo tipo (transistores, semiconductores y microprocesadores) durante 1930-1970; iv) “computación” de todos los procesos productivos durante 1980-2000; y v) la “nueva” revolución industrial que iría hasta 2040 fundamentada en la globalización de los procesos (“cadenas productivas internacionales”) y en la finalización de las fabricaciones en masa, dando lugar a la “innovación”… hecha a la medida. 

Más aún, investigaciones recientes indican que, paradójicamente, el volcamiento sobre procesos de “out-sourcing” industriales (aprovechando mano de obra más barata en los países emergentes) ha estado representando desafíos en materia de innovación para los países desarrollados. Esto se debe a que en esos procesos se ha perdido el “sentido de equipo” y de su “espíritu innovador”.

Esto ocurre a pesar de que la participación de alta tecnología es cada vez más notoria a nivel industrial. Por ejemplo, en Estados Unidos el sector industrial representa: cerca del 85% de los recursos de Investigación & Desarrollo; el 80% de las patentes; el 75% de los empleos de ingeniería y cerca del 60% de las exportaciones; aun así, la participación industrial dentro del PIB-real se ha mantenido cerca del 15% y los aportes del empleo solo llegan al 5% del total, en la última década.

En el caso de Colombia, estas tendencias de mayores exigencias globales para mantener la participación industrial a flote no son nada halagadoras. De una parte, continúan siendo evidentes las dificultades para generar verdaderos “clústers” que superen los celos entre las firmas; de otra parte, ha resultado un acertijo averiguar porque ni el agro ni la industria han logrado aprovechar las oportunidades que les han brindando, durante 2015-2016, la superación del problema cambiario. Así, la corrección de cerca de 25 puntos reales contra las monedas de nuestros principales 20 socios comerciales ha sido, hasta la fecha, una oportunidad perdida.

En efecto, el crecimiento promedio anual de estos dos últimos años ha sido tan pobre como un 2% real en la industria y como un 1% real en la agricultura, por debajo del promedio de la economía en estos dos años (cercano al 2,5%). La respuesta a “estas oportunidades” perdidas está en que todavía no superamos el grave problema estructural del llamado “Costo Colombia”, donde salvo por el problema cambiario ya corregido, los costos energéticos, de transporte y laborales continúan gravitando negativamente sobre nuestras oportunidades exportadoras.

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