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Sandra I. Fuentes Martínez

La sociedad es un entramado de complejidades que se deben comprender con una visión en conjunto para no caer en interpretaciones subjetivas, enjuiciadoras y que solo llevan a ampliar las brechas y a profundizar la polarización como dinámica actual del mundo, donde se califica y se radicalizan posiciones que se convierten en trincheras de difícil salida.

Comprender las realidades debe ser el primer paso no para anclarse a lo sucedido, sino revisar las multicausalidades que las producen e identificar los frenos que debemos quitar para poder avanzar hacia la construcción de una sociedad, cuyas características están claramente definidas en nuestra Constitución de 1991: “fortalecer la unidad de la Nación y asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz”.

Si este es el referente de sociedad que se quiere y debe construir, este es el mismo ideal que claman los jóvenes en las recientes protestas sociales, que buscan un despertar de la indiferencia y de la normalización de los múltiples problemas que enfrenta la sociedad, y que nos aleja cada día más de este ideal constitucional.

La protesta es un Derecho Humano y es una expresión, que no se puede ver solo como algo eventual y que solo incomoda a la movilidad de algunos. La protesta en esencia es un llamado para ser escuchados, y por ende un clamor para dialogar, tender puentes y encuentros en los disensos.

La protesta legítima en un marco de no violencia, busca el bien común, por tanto, deberían ser acogidas por muchos, porque llaman la atención sobre temas que nos atañen a todos y que son realidades que están afectando hasta la vida misma. Los temas que están movilizando a los jóvenes recientemente son esencialmente nuestros Derechos Humanos, la protección de la autonomía universitaria, la solución efectiva a la corrupción, también reclaman acciones urgentes frente al cambio climático.

Estas protestas son un llamado al diálogo, para salir de la indiferencia y la normalización de los problemas. Es imperativo dar respuestas urgentes con acciones concretas a realidades que nos afectan como sociedad; deben ser atendidas, escuchadas y propiciar encuentros donde incluso no solo se propongan correctivos y nuevos rumbos, sino que se contemplen espacios de reconciliación y reparación, ante las violencias o víctimas que se hayan presentado.

Este diálogo es el inicio de un nuevo relacionamiento, debemos recordar que nuestro país se encuentra inmerso en un proceso de paz, que va más allá del cumplimiento de los Acuerdos, es aprender a vivir juntos y en paz. Puede sonar a utopía, pero acudo al concepto de Lederach: “la imaginación moral es la capacidad de imaginar algo anclado en los retos del mundo real, pero a la vez dar a luz aquello que aún no existe”.

Lo anterior hace especial referencia en la construcción de paz para generar respuestas e iniciativas constructivas frente a los retos cotidianos de la violencia, para romper los ciclos destructivos, para forjar nuevas formas de abordar los asuntos humanos con el que se considera enemigo y de esta manera explorar nuevas formas de cambio social. Estamos frente a la sospecha de creación de enemigos, y en un proceso de paz, lo más adecuado es frenar esto para no generar distancias que le resten a la cultura del encuentro que queremos alcanzar, donde lo que buscamos es aprender a vivir juntos.

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