Analistas 31/12/2020

La competitividad nos trasnocha

En este fin de año, reflexionando sobre la competitividad, en un periodo donde la demanda de energía sufrió un choque imprevisible reflejo o consecuencia del confinamiento y la parada coyuntural de la industria mayormente, el impacto de la competitividad de la energía en la economía se evidencia aún mas. Por supuesto, sustancialmente en las actividades electro intensivas, pero masivamente en todas las actividades sociales y económicas que la utilizan, es decir, esencialmente todas. Todas es un concepto fuerte, pero me es difícil encontrar una actividad humana que hoy en día no esté ligada al consumo energético. En el concepto del Ministerio de Comercio, que menciona la confianza, el IGC [1] y las variables subyacentes, desafortunadamente no se menciona explícitamente la energía, que, siendo parte de algunos pilares, no refleja el gran valor para nuestro país, donde la reactivación económica esta centrada especialmente en infraestructura y energía. Resalto que según el análisis de este indicador, los países mas competitivos tienen mayores ingresos, mayor igualdad de oportunidades y sus habitantes están mas satisfechos con la vida.

La energía es un insumo esencial para la industria y la industria es un insumo primordial para la economía. En este contexto, es importante pensar que en un mundo que aún basa su desarrollo en el crecimiento, el uso, eficiencia y efectividad de la energía que respalda ese crecimiento es vital, y aunque la agenda global esta dirigida a la transformación energética ligada a la sostenibilidad, en este panorama, aún no es apreciable su articulación con la competitividad. Conceptos e indicadores como la intensidad energética, la eficiencia energética, la respuesta de la demanda, nos ayudan a evaluar e impulsar comportamientos en la demanda que contribuyan a la sostenibilidad, pero nada reemplaza una señal de precio competitiva para incentivar el mejor portafolio de demanda en una matriz de oferta efectiva. Así mismo, nada determina mejor un precio que un mercado realmente competitivo, eficiente y verdadero, especialmente en energía hablando de electricidad, gas natural, y contando con el impulso de energías renovables, convencionales o no, para determinar el cambio en la aplicación de los recursos y combustibles disponibles.

El aumento en los costos de producción derivados del incremento en el precio final de los energéticos no puede ser compensado ni por cambios en los niveles de producción, ni por ahorros de consumo que debilitarían la reactivación, ni por optimización de la intensidad energética. La competitividad no soportaría una pérdida de confiabilidad y mucho menos resitiría mayores impuestos. Así como se ve afectada reiteradamente por faltas en la calidad. Por tanto, lo que se defina en la Hoja de Ruta anunciada por el Ministerio de Minas y Energía en temas como la Regasificación, las tarifas de transporte de gas, la expansión estratégica de sistemas de conexión a energéticos, el acceso a mercados internacionales, y la confiabilidad, será determinate en nuestra competividad como país. Así, como lo será el cumplimiento de la entrada de oferta oportuna de gas natural, de energias renovables, y de conexiones a las redes del STN (Sistema de Transmisión Nacional de electricidad) y del SNT ( Sistema Nacional de Transporte de gas), por qué no vale que las tecnologías reduzcan los costos, si la oportunidad de entrada en operación esperada no es efectiva y los invalida. Por todo esto la competitividad nos trasnocha, la competitividad es un asunto de todos.

[1] El Índice Global de Competitividad (IGC) del Foro Económico Mundial (FEM), mide la capacidad que tiene un país de generar oportunidades de desarrollo económico a los ciudadanos. Este se mide los factores que impulsan la productividad y proporcionan las condiciones para el progreso social y la agenda de desarrollo sostenible.