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La responsabilidad compartida por la sobrevaluación del peso

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Walt Kelly, el creador de una tira cómica norteamericana, acuñó una frase que ha hecho carrera: ‘Hemos encontrado al enemigo y somos nosotros mismos.’ Esta es una síntesis afortunada del hecho que las actuaciones de un grupo de personas, tomadas en función de sus intereses individuales, no siempre coinciden con el interés general de la colectividad. Esa inconsistencia se conoce como la lógica de la acción colectiva. Es útil tener presente este concepto cuando se describen  los perjuicios de la excesiva valoración del peso en foros gremiales o en los medios de comunicación. Con frecuencia, quienes denuncian el fenómeno, tienen alguna cuota de responsabilidad por las causas del mismo.

 
Me explico. Si Colombia desea evitar el excesivo fortalecimiento de su moneda debe ahorrar más. Aunque la tasa de ahorro ha venido aumentando, es inferior a la tasa de inversión.  Para reducir esa brecha, el  ahorro, como proporción del PIB debe incrementarse entre uno y dos puntos porcentuales. Lo cual requiere un esfuerzo adicional por parte del gobierno, del sector privado y de los hogares. Ahorrar implica posponer la gratificación inmediata que produce el consumo, a favor de un mayor bienestar futuro.  Esto es fácil de decir pero difícil de poner en práctica. A nivel gubernamental, implica defender la disciplina fiscal y aumentar el recaudo de impuestos. A nivel de las empresas y los hogares, implica resistir la tentación de incrementar el endeudamiento.  Sin embargo, en ausencia de un consenso acerca de la importancia del equilibrio macroeconómico, el interés particular de cada uno de los agentes económicos tiende a favorecer el aumento del gasto en detrimento del ahorro. 
 
A un eventual ajuste fiscal se oponen los voceros de las regiones además de los funcionarios responsables de la ejecución del gasto público.  Los gremios agropecuarios reclaman la intervención del Estado en términos de subvenciones y subsidios. Y el intento de mejorar el nivel de tributación fiscal tropieza con un rechazo generalizado. Si se descarta de entrada la opción de aumentar el nivel general de ahorro, la creatividad imaginativa conduce a un abanico de fórmulas mágicas: emitir para acumular reservas internacionales, fijar la tasa de cambio, abandonar el régimen de inflación objetivo, o  establecer tasas de cambio múltiples. Adoptar alguna de ellas conllevaría tornar impredecible la política económica y causaría estragos en el clima de inversión. 
 
Un incremento del nivel de ahorro que incluyera un superávit fiscal permitiría contrarrestar el excesivo fortalecimiento del peso de la siguiente manera. El gobierno podría suministrarle recursos al Banco de la República para aumentar en forma significativa la acumulación de reservas internacionales.  También  podría optar por comprar divisas directamente y prepagar deuda externa, o constituir un fondo soberano de inversión en el exterior.  Cualquiera de estas  alternativas aumentaría los activos externos del país y elevaría la calificación de la deuda. La mayor solidez financiera de la economía se convertiría en un atractivo adicional para la inversión, con efectos positivos sobre el  crecimiento y el empleo. 
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