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El descontento de la superpotencia

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Los norteamericanos están exhibiendo una actitud colectiva de inconformidad. Algunos factores de irritación hacen relación a la coyuntura económica. Otros reflejan frustración con problemas internacionales.  El descontento generalizado se manifiesta en un clima político enrarecido que dificulta impulsar cualquier iniciativa gubernamental que requiera una decisión por parte del Congreso.  En la eventualidad de que los republicanos logren obtener la mayoría del Senado en las elecciones de noviembre, la situación de obstruccionismo legislativo tenderá a acentuarse. La inexistencia de relaciones armónicas con el Congreso no paraliza la labor del Ejecutivo, pero sí la restringe y le resta efectividad.

Estados Unidos va alcanzando una trayectoria sostenible de recuperación. El ritmo de crecimiento esperado para este año, aunque modesto, supera al de los demás países desarrollados. La tasa de desempleo de septiembre, 5,9%, representa una reducción significativa con respecto al nivel de 10% registrado en el año 2009. No obstante, la magnitud de la crisis, y sus consecuencias para el bienestar de las familias de bajos ingresos y de clase media, han creado un malestar que no se disipa con la publicación de algunos indicadores positivos.  Los cambios que han tenido lugar en la economía tienden a favorecer de manera desproporcionada a los sectores de la fuerza laboral con niveles de educación superior. Para la mayoría de los trabajadores, ha ocurrido un estancamiento, inclusive una disminución, de las remuneraciones en términos reales. 

El costo asociado con el rescate de instituciones financieras en condiciones de insolvencia puso de presente que los beneficios obtenidos por sus directivos obedecían a razones distintas a las de sus méritos empresariales. La sensación de que las reglas de juego del modelo económico son injustas se ha visto reforzada por estudios empíricos que revelan un grado de inequidad creciente y por comparaciones desfavorables con otras naciones industrializadas.   

El mal humor con respecto a los problemas internacionales se expresa de varias maneras.  Con respecto a las tensiones en el Medio Oriente y Asia, las experiencias bélicas en Afganistán e Irak han dejado un mal recuerdo. Los intentos de inculcar valores democráticos en sociedades con tradiciones culturales diferentes han resultado infructuosos. El aparato militar norteamericano está diseñado para enfrentar las fuerzas armadas de estados rivales. Resulta inadecuado para repeler las agresiones de grupos irregulares motivados por el fanatismo religioso. Intervenciones parciales, como la que se ha emprendido contra los combatientes del Estado Islámico, no conllevan una victoria decisiva y son difíciles de explicar. En el caso de conflictos periféricos que no representen una amenaza para la seguridad nacional, la tendencia de Washington es a mantener un perfil bajo y  dejarles tomar iniciativa a las potencias regionales directamente afectadas.

La fatiga con las responsabilidades globales también se observa en materia económica.  Hay menos respaldo político a entidades como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio. Este clima de opinión en Estados Unidos es poco receptivo a las propuestas para fortalecer los mecanismos de cooperación económica internacional.

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