Es normal que queramos que la pandemia termine ya, de una vez, y nos podamos olvidar de esta pesadilla. Pero parece que no será así, y es por esta razón que esta etapa está causando estragos. Si se supiera cuándo acabará, aunque fuera en un plazo lejano, se aguantaría mejor, pero la incertidumbre del final corroe, produce impaciencia, irritación, que pueden llevar a manifestaciones de descontrol. Lo peor de todo es no saber contra quién descargar esta furia, a quien achacar el problema. En el fondo, si hubiera un culpable, habría una cierta sensación de alivio. Da lo mismo si son los chinos, la OMS o la CIA.

Otro tema de actualidad en el que está implicado la paciencia es la necesidad de atender dos ocupaciones al tiempo, el trabajo y los hijos en el colegio virtual del hogar, especialmente para aquellas personas que no son “multitareas”. Acaba siendo un pequeño martirio. Este malestar lleva a protestar tanto en el colegio como en el trabajo. Hagan lo que hagan estará mal y será una molestia. ¿Hasta cuándo estaremos así?, es el grito unánime, En fin, estamos llenos de impaciencia.

Sí, la paciencia puede ayudar. La naturaleza nos sirve de modelo de paciencia. Todo a su tiempo, sin acelerar ni retrasar los ciclos biológicos. También el aprendizaje humano es un ejemplo de paciencia. Cada estudiante tiene su ritmo y su manera de aprender, y si se fuerzan las consecuencias pueden ser negativas en el futuro. Es necesario calmar las lógicas ansias de buscar la normalidad. Que susto produce observar, por ejemplo, los intentos de acelerar los procesos de descubrir, probar y fabricar la vacuna contra el covid 19.

Conviene hacer conciencia, por otra parte, de que actuar con paciencia o impaciencia depende de cada uno, en mayor o menor grado. No existe el gen de la paciencia, las personas no nacen pacientes o impacientes. La paciencia se adquiere.

Las circunstancias externas influyen en la conducta del ser humano, pero éste siempre tendrá la capacidad de asumir la actitud y el comportamiento que quiera ante los acontecimientos, por adversos que sean. Es la libertad interior de elegir que nunca se pierde mientras se conserven las facultades humanas. Por lo tanto, la paciencia está en las manos de cada uno.

Para ser paciente hay que declararle la guerra a la prisa, a tener todo controlado, a querer que las cosas salgan al propio gusto, a que los demás actúen como uno quiere. La paciencia es más fácil cuando se vive en la realidad, no en el deseo, ni en el pasado ni en el futuro. Lo único que es manejable es el presente, el hoy. El pasado ya pasó, y el futuro presenta demasiadas incógnitas y variables como estamos ahora comprobando de una manera radical con la pandemia.

Por lo tanto, nos queda el presente para tomar decisiones y vivirlo lo mejor que se pueda. Otra trampa es el hecho de pretender tratar de solucionar las dificultades todas juntas. Cuando la paciencia está presente se trabaja en la solución de cada dificultad una a una, con ritmo, pero sin prisas, aceptando que no hay recetas prefabricadas, que cada persona es distinta, que las circunstancias hacen distinto el problema, etc. La paciencia actúa como soporte de la calma, la serenidad, la capacidad de controlar los impulsos y de vivir el instante presente con plenitud. La paciencia es una buena solución.

La famosa poesía de Santa Teresa de Jesús vende bien esta cualidad humana. Así comienza: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta”.