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Analistas 26/09/2026

Planear y decidir en cosecha

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group
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Las fechas que nos traen a la memoria a nuestros padres y abuelos nos recuerdan esa etapa de la vida en la que ellos decían que el cuerpo empezaba a pedir permiso para hacer lo que antes hacía sin pedir permiso ni preguntar. Pero era claro que la mente todavía quería caminar, cuestionar y proponer. En sus reflexiones aseguraban que lo que los sostenía en esta vida no era solamente la compañía de los amigos ni la añorada cercanía de hijos y nietos, sino esas otras cosas que no se ven, que no se entienden y que poco se cultivan, porque el nombre del juego en esta época parece ser trabajar por el poder, la acumulación y el reconocimiento de terceros.

La mayoría de los baby boomers crecimos con un padre estricto y distante, pero siempre con una dignidad que rayaba en la arrogancia y, en mi caso particular, con una madre científica, exitosa y apreciada en su trabajo. Ella era la más prudente, sabia y amorosa, y tenía ese poder infinito que da el ejemplo y la coherencia.

Con esos personajes, los hijos entendimos que envejecer no es un castigo, sino una revelación. La vejez es esa transición en la que la vida va quitando movilidad y haciendo evidente que muchas de las cosas que pensábamos importantes no lo eran, mientras aquello verdaderamente trascendente siempre estuvo ahí.

Comprendimos que nuestra madre había hecho, milimétricamente, una planeación anticipada para asegurar la felicidad y la tranquilidad de sus últimos años. La vimos tomar decisiones fundamentales, siempre respetuosa, asertiva y con ese halo de quienes viven a plenitud cada momento, sin molestar a nadie y, además, movidos por un motivo superior.

La vimos viajar por el mundo hasta los 80 años y, después, disfrutar cada mañana de un ritual en su casa: su jardín. Allí invitaba a los pajaritos con frutas frescas para observarlos. En esa rutina diaria también estaba la lectura, pues la televisión era solamente para la noche, con conciertos, y para las horas más tarde, cuando veía series policiacas. Sus tardes eran para los juegos de mesa, la pintura, la costura y las visitas de la familia. Siempre estaba Panela, su compañera canina, que, como ella decía con humor, “entiende todo lo que le ordeno, pero no le gusta hacer caso”.

De verla aprendimos la importancia del conocimiento propio, de cultivar una relación honesta consigo misma y de tener claro lo que se disfruta y lo que no conviene. Hacer solamente aquello que le daba paz y evitar las conversaciones y situaciones que le quitaban el sueño.

Lo más importante, después de sus hijos y nietos, era vivir hasta cuando su cuerpo todavía le permitiera conservar la autonomía, sin necesitar ni incomodar a nadie. Insistió siempre en que la libertad de la autosuficiencia se terminaba a los 90 años. Y, como un reloj, tres días después de cumplirlos, se fue.

Estoy cierto de que la mayoría de las personas hoy tiene claro que hay que cuidarse en la alimentación, hacer ejercicio y tener claras las prioridades de la vida. También es evidente la importancia que se les da al cuidado de los hijos, la familia y la pareja, a la cercanía con los amigos y a mantenerse activos. Sin embargo, la tarea también debe estar en mantener vivo el propósito de vida y asegurar una existencia plena y digna, para poder salir de esta dimensión con la tranquilidad y la paz que todo ser humano desea.

La reflexión nos lleva a la acción, porque las conversaciones aplazadas y las decisiones difíciles hay que afrontarlas, especialmente aquellas relacionadas con la planeación de la vejez con años de anticipación. Son las acciones de hoy las que construyen la autosuficiencia, la salud y la libertad durante los últimos años. Son decisiones individuales que pueden sonar egoístas, pero que son precisamente lo contrario.

Alrededor de los 50 años llega la época de la “cosecha” del esfuerzo de una vida de trabajo y, al mismo tiempo, el momento de asegurar la calidad de vida y tomar decisiones relacionadas con qué hacer en caso de una enfermedad que implique perder capacidades, sin sacrificar a los hijos ni a los que nos aman.

Hoy, la nueva longevidad nos está regalando años que nuestros abuelos y padres quizás no tuvieron. La pregunta ya no es cuánto vamos a vivir, sino si esos años seguirán siendo nuestros; si llegaremos a ellos con la dignidad y el criterio necesarios para decidir cómo, dónde y con quién vivirlos.

Mi madre no planeó su vejez para durar; la planeó para seguir siendo ella misma hasta el último día.

Envejecer bien no significa que otros decidan por nosotros, aunque lo hagan con amor. Significa conservar el derecho a decidir por nosotros mismos.

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