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Analistas 24/05/2026

En el país de los diminutos

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group

Hay obras de la literatura que envejecen con dignidad y otras que, para nuestra sorpresa, rejuvenecen todos los días. Los Viajes de Gulliver pertenece a esa segunda categoría, pues cada capítulo parece escrito después de un consejo de gobierno, del más reciente escándalo mediático o de alguna discusión parlamentaria donde los protagonistas confunden la administración pública con una tribuna de fútbol llena de barras bravas.

Hace casi tres siglos, Jonathan Swift entendió algo esencial: las sociedades no colapsan únicamente por maldad; también se destruyen por su pequeñez. Nadie ha retratado de manera tan magistral la pequeñez humana como aquellos diminutos habitantes de Liliput, incapaces de afrontar los problemas estructurales, pero perfectamente dispuestos a convertir los asuntos triviales en guerras eternas.

En una de las escenas más memorables, el conflicto político gira alrededor de una discusión realmente absurda: ¿por cuál extremo debe romperse un huevo hervido? Los bandos enemigos, los partidarios del extremo ancho y los del extremo estrecho, sostienen enfrentamientos feroces, persecuciones y hasta guerras por semejante asunto.

La genialidad de Swift no está en la exageración, sino en la precisión. Cambie usted el huevo por ideologías, disputas burocráticas, egos políticos o peleas en redes sociales, y descubrirá que la humanidad sigue administrando países con la misma pobreza intelectual de una riña entre vecinos chismosos y envidiosos.

Swift escribió: “Las diferencias de opinión han costado muchos millones de vidas”, y basta observar cualquier país atrasado para descubrir que seguimos especializados en incendiar la casa entera por el color de las cortinas.

En Lilliput, además, los funcionarios públicos no eran elegidos por su preparación, experiencia o virtud. El método de selección era infinitamente más “sofisticado”: ganaba quien brincara más alto sobre una cuerda floja sin romperse el cuello. El talento consistía, literalmente, en hacer maromas.

Porque, siendo sinceros, buena parte de la política actual parece haber reemplazado los concursos de mérito por competencias olímpicas de obediencia, vanidad y verborrea. Ya no asciende quien sabe resolver problemas, sino quien ejecuta mejor los malabares jurídicos sin despeinarse frente a los micrófonos.

Swift lo describió así: “Quien salta más alto, sin caer, obtiene el cargo”.

Pero quizá la parte más perturbadora del libro aparece cuando Gulliver llega al país de los gigantes, pues allí ocurre algo revelador: el hombre que antes se sentía poderoso descubre súbitamente su precariedad e insignificancia. Los defectos humanos, vistos de cerca y en gran escala, resultan grotescos. Las imperfecciones se magnifican y la arrogancia se convierte en caricatura. Exactamente lo mismo ocurre con quienes ostentan el poder.

Visto desde lejos, el gobernante suele parecer enorme; visto de cerca, apenas es un ser humano disfrazado de importancia, rodeado de aduladores profesionales pero poco inteligentes y nada preparados, que confunden el abuso con la grandeza.

La política en estos países despierta una fascinación fanática por los cargos. Aquí, un puesto público no siempre se interpreta como una responsabilidad, sino como una coronación automática. Hay funcionarios que, después de dos semanas de nombramiento, ya caminan como vaqueros de película del oeste y miran a los ciudadanos como si pertenecieran a una estirpe real.

Swift también entendió ese delirio. En su obra, los más pequeños suelen sentirse inmensos y los más ignorantes aparecen convencidos de su sabiduría universal… y no era ficción: era analogía.

Quizá por eso Los viajes de Gulliver sigue siendo un espejo válido. No porque refleje monstruos vergonzosos, sino porque revela defectos demasiado humanos: la mezquindad de las disputas políticas, la corrupción maquillada de patriotismo, la idolatría al poder y esa vieja costumbre de creer que el adversario merece el exterminio, en lugar de las consecuencias de sus actos dentro de la justicia.

La historia no puede terminar como Gulliver, decepcionado de la humanidad. Aunque se entiendan sus razones después de escuchar ciertos debates públicos donde abundan las amenazas y los insultos, pero escasean las ideas, lo verdaderamente peligroso es esa combinación de ignorancia y arrogancia que seduce con facilidad a las multitudes.

La verdadera tragedia no es que existan liliputienses. La tragedia es que algunos, llenos de vanidad, sigan alejando a sus seguidores de los acuerdos que sirven al bien común, a la justicia y a la prosperidad para todos.

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