El confinamiento nos ha llevado a conocer y reconocer el mundo desde otras dimensiones, desde la virtualidad, y es así como la educación, los negocios, las compras domésticas, la vida social, la recreación y la cultura, las ejercitamos, enriquecemos y las tratamos de adquirir dejando en evidencia varias realidades.

La primera verdad es que no todos los colombianos tenemos acceso a este mundo virtual. Colombia ocupa en puesto 114 en el ranking de conectividad de banda ancha en el mundo, cercano a la República Bolivariana de Venezuela, como consecuencia del bajo cubrimiento y el alto costo que hace inaccesible la este servicio para la mayoría de los colombianos. Esta situación, que no se refiere a zonas apartadas de nuestro país, también en lugares cercanos a Bogotá como son, por ejemplo las poblaciones de Sesquilé, Guatavita o Suesca, dónde la mensualidad del servicio, además de la instalación, está alrededor de la cuarta parte de un salario mínimo mensual. Adquirir este servicio, representa una cantidad de dinero casi inalcanzable para cada familia. Adicionalmente, la calidad ofrecida no sirve ni para trabajar ni para estudiar por la poca confiabilidad e intermitencia de la señal.

La segunda realidad evidenciada, es la falla en la cadena de venta y entrega de bienes de consumo, dónde la falta de trazabilidad, los tiempos de entrega y el servicio de posventa, deja al cliente en el peor de los mundos. De esta forma, el que vende no se hace responsable de la entrega de los productos o servicios, argumentando que ellos no son los del transporte. Aquí sí vale el aforismo popular de "caro y malo" o "vaya y quéjese al mono de la pila".

La tercera realidad, es la nueva cultura para asegurar la eficiencia en las reuniones por internet, ya que la falta de concreción, la impuntualidad, el no hábito de escuchar, el manejo del tiempo y los horarios más allá de las horas normales laborables*, hace difícil llegar a buenos acuerdos.

La cuarta, está referida a la educación por internet y con encierro obligado. En este tiempo los niños y jóvenes tienen que buscar algún pariente, amigo, vecino o negocio para escaparse y poder cumplir con las labores escolares o universitarias. Lo anterior exige de los profesores competencias especificas que han desarrollado universidades y centros de estudios escolares, que tienen módulos de preparación pedagógica para educación a distancia para sus profesores, pero por la emergencia, aunque la mayoría de los profesores tiene la mejor de las intenciones, y pese a los esfuerzos, no logran dar el conocimiento, despertar el interés, ni mucho menos la pasión por la materia por falta de preparación, experiencia, aptitud o actitud para enseñar vía internet. Si a lo anterior sumamos la inexperiencia de los alumnos para ese aprendizaje en línea, y las dificultades de conectividad, están en el peor de los escenarios.

La quinta, es el exceso de entusiasmo del gobierno, que con la mejor de las intenciones,  proponen consultas previas para entender, concertar y en lo posible viabilizar proyectos importantes en un país sin conectividad. Sin una cultura de trabajar con estas nuevas herramientas, sin concertar con las partes interesadas los protocolos, ni entender las realidades de los pueblos y además en la coyuntura dónde lo verdaderamente importante y dónde todos debemos unirnos, es para salvar la vida.

En conclusión, debemos trabajar duro para acompasar el tener, el saber, el querer y poder para poder hacer.

*Un reconocimiento a todas las madres que en esta coyuntura todas sus responsabilidades y roles convergen en él mismo lugar y en el mismo horario sin límite.