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Analistas 03/05/2026

Ay, sí, yo sí soy de por aquí

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group
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Hay países a los que uno llega y, de inmediato, los sentidos se aquietan como si regresaran a casa: lugares que parecen familiares, olores conocidos, sabores entrañables, canciones que ya fueron cantadas o bailadas alguna vez y que despiertan una grata exacerbación de los sentimientos, sin causa aparente.

En los aforismos populares de este país tropical y andino, con cierta sorna, se dice que la clase alta quiere ser europea y las clases populares, mexicanas. Una explicación posible está en el poder de la cultura importada: entiéndase por eso la literatura, la música y el cine.

Dos países que conmueven a casi todos los hispanoamericanos son España y México. España, por las bases heredadas de su cultura imperial, la vivencia de las expresiones del catolicismo, la historia compartida por más de tres siglos, su culinaria, su música y hasta por la misma conjugación de los verbos. México, por la cercanía de su amabilidad, su música, su gastronomía, su desarrollo, su infraestructura y ese particular entendimiento del tiempo que es claramente hispanoamericano.

Mucho de esos afectos tiene una raíz común: la historia compartida, los ritmos familiares, los productos gastronómicos, la forma de relacionarnos, la identidad con las regiones de procedencia local, la importancia de la familia y esa manera de entender el amor, el dolor, la vida y la muerte.

La lectura de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca, García Lorca, Machado o Juan Ramón Jiménez dio a Hispanoamérica no solo una lengua, sino una forma de razonar y de sentir. Esa herencia marcó la educación, las vocaciones profesionales y hasta hoy mantiene a España como destino de formación de alta calidad. Luego, en los primeros tercios del siglo XX, la influencia académica francesa e italiana se hizo notar, y más adelante, con el auge de la economía y las ingenierías , se sumaron como destinos la Gran Bretaña y los Estados Unidos.

En el convulso siglo pasado mientras España estaba entre guerras y bajo la dictadura de Franco, en México floreció una prolífica industria de producción de música y cine. Acaballada en la música ranchera, los boleros, las orquestas de música tropical y los mariachis, inundó todos los rincones del mundo hispanohablante con historias fantásticas de amor y poder. México se convirtió en un Hollywood emocional, donde se narraban los afectos de todo un continente. Las películas y canciones de Javier Solís, Pedro Infante, María Félix, Jorge Negrete, José Alfredo Jiménez, Pedro Vargas, Agustín Lara, Luis Miguel, Lola Flores, Chavela Vargas y Los Panchos, sin olvidar el humor inolvidable de “Viruta y Capulina”, “Cantinflas” y “Chespirito”. Todos ellos construyeron una identidad cultural compartida. Si a ello se suma el alto nivel de analfabetismo de la época, se entiende cómo se tejió la cultura, la moda y los gustos alrededor de México. El caso de Colombia se confirma con la decisión de Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Botero y muchos otros que se fueron en algún momento a vivir a ese país.

Luego llegó un nuevo jugador en las aspiraciones culturales: las series de televisión norteamericanas y las grandes producciones de Hollywood. El galán de vereda, de pinta de charro y devoto de su madre, fue reemplazado por el playboy de camisa satinada, que come hamburguesas con la mano, conduce a toda velocidad y vive tramas y accidentes espectaculares. En ese nuevo escenario los jóvenes son libres e independientes, tienen más músculos que sentimientos. Ese mundo de ciudades imponentes, calles amplias, ascenso social fácil, del trabajo fácil, de la justicia oportuna y donde la ley que se cumple, se convirtió en la gran aspiración…el sueño americano.

Pero la verdad es que nadie que llega a esos mundos de idiomas diferentes, familias dispersas o creencias distintas se sienta en su esencia. Ni las formas de comunicación, ni la lógica de raciocino, ni la forma de relacionarse, ni la comida se entienden como propias. Es en ese desencuentro silencioso donde aparecen las contradicciones, pero tambien las oportunidades.

Porque se puede admirar lo ajeno, imitarlo, incluso apropiarlo con disciplina; pero pertenecer es otro nivel. Pertenecer no se aprende ni se importa, está en el ADN. Es la identidad que no se disimula, la memoria que no se negocia, la emoción que no se traduce y el lugar donde se quiere pasar sus últimos días.

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