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ANALISTAS 25/06/2024

De la espada al sombrero: ¿la historia, camino a redefinirse?

Paula García García
Conductora Red+Noticias

¿Para qué? Aunque parezca simple, esa es la pregunta que debe seguir propiciando un profundo debate nacional alrededor de la exaltación de ciertos símbolos. Esos, en los que se concentra el actual Gobierno cual si se tratara de un objetivo predeterminado.

No es casual que la primera orden de Gustavo Petro, como presidente, fuera pedir la presencia de la espada de Bolívar en su ceremonia de posesión. Un arma sobre la que exmilitantes del M-19, insisten, recuperaron. Rechazan a toda costa que los acusen de haberla robado.

Casi dos años después del notorio regocijo por materializar la que parecía una cuenta de cobro personal; el mandatario esboza igual jubilo cada vez que observa hondear las banderas del desmovilizado grupo insurgente. Indiferente le resulta si los escenarios toman tintes de afrenta al punto que, orondas, unas cuantas se han posado ya hasta a las afueras del Palacio de Justicia y al 19 de abril, decretado día cívico para “ahorrar agua”, desde sus redes sociales lo llamó día de rebeldía.

Persistente, la polémica la aviva, ahora, un sombrero con pretensiones de convertirse en bien de interés cultural. Intención que refutan, incluso, algunos de los que pasaron por las filas de una guerrilla hace 34 años reinsertada y que consideran el anuncio, un estímulo a la confrontación. Sin embargo, el Jefe de Estado, se aferra a su propósito de redefinir la historia y privilegia la provocación desconociendo, a conciencia, las consecuencias de su accionar en un país tan polarizado que con urgencia necesita enaltecer todo aquello que lo una.

El afanoso deseo por imponer una nueva narrativa alrededor de objetos, fechas y signos que marcaron una época compleja de dolorosos recuerdos, solo acrecienta los disensos y deja al descubierto a un líder poco reflexivo ante su pasado revolucionario. Desnuda el mínimo valor que, pese a su condición de máximo dirigente, concede a la institucionalidad como garante para recorrer el camino que hoy lo tiene en el poder. No obstante, la reivindicación del que fuera su movimiento, una guerrilla urbana, parece instaurarse a modo de postura oficial.

¿Qué hay detrás de tan marcado interés? ¿A quién o quiénes favorece resignificar los hechos? ¿En qué lugar quedan los que fueron violentados? ¿Cuáles podrían ser las implicaciones de adoptar el renovado discurso? ¿Para qué?, repito.

Con más de cinco décadas de conflicto armado a cuestas y en honor a las viudas, huérfanos, desaparecidos y amputados que se ensaña en continuar generando nuestro circulo vicioso de violencia, imperativo resulta cuestionarnos qué es lo que en realidad aporta a esa inaplazable búsqueda de unidad.

En lugar de obsesionarnos con banderas, espadas y sombreros, se deberían exaltar, por ejemplo, ejercicios como los que llevó a cabo la Comisión de la Verdad que permitieron a víctimas y victimarios mirarse a los ojos y a través del reconocimiento de responsabilidades abrir la puerta al perdón. La paz se construye con hechos no a través de resoluciones caprichosas.

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