Analistas

La cobardía de los economistas conservadores

En una reunión a la que asistí recientemente, un exfuncionario gubernamental hizo una pregunta muy buena: ¿hay algún economista republicano importante que se haya pronunciado fuertemente en contra de la espantosa, no buena, y muy mala legislación fiscal que su partido acaba de aprobar a toda prisa en el senado de Estados Unidos? No pude pensar en ninguno. Y esto no habla bien de la condición de, al menos, ese lado de mi profesión.

Podemos dividir a los economistas republicanos en tres grupos a este respecto: Primero, están los que respaldan con entusiasmo el proyecto de ley en cuestión, como los 137 firmantes de una carta que el presidente Trump tuiteó recientemente. Son un grupo bastante diverso, muchos de ellos ni siquiera son economistas, algunos con antecedentes inexistentes y otros… interesantes. Según un artículo en The Intercept: “Otros nombres en la carta de los economistas pueden llamar la atención. John P. Eleazarian aparece como un economista de la Asociación Económica Estadounidense (la AEA, por su sigla en inglés). Sin embargo, la membresía está abierta a cualquiera que pague la cuota de ingreso y simplemente da acceso a las revistas especializadas de la AEA, además de descuentos en los eventos que organiza. Eleazarian es un exabogado que perdió su licencia y la capacidad de practicar la abogacía en California después de que fue sometido a juicio y sentenciado a seis meses de prisión por falsificar una firma judicial y otros documentos. Su actual perfil de LinkedIn dice que es asistente jurídico en un despacho de abogados”.

En segundo lugar, están los Nueve Economistas Poco Profesionales —todos ellos tienen, o solían tener, reputaciones profesionales auténticas— que firman aquella carta abierta que afirma que los recortes fiscales corporativos generarán un rápido crecimiento. Como Jason Furman y Larry Summers han señalado, malinterpretaron la investigación que ellos afirmaban que apoyaba su postura, y después negaron haber dicho lo que dijeron. Según un artículo en Bloomberg: “La carta original de los nueve economistas del 25 de noviembre calculaba que con las propuestas de la cámara baja y alta: ‘la ganancia a largo plazo del PIB estaría por encima del tres por ciento, o 0,3% anual durante una década’”. El artículo continuó: “Los economistas conservadores escribieron a Summers and Furman el jueves, diciendo que la afirmación del crecimiento del tres por ciento ‘no ofrecía argumentos sobre la velocidad de ajuste a un resultado a largo plazo’”.

De tal modo que esa es ayuda explícita y consuelo para los que hacen los recortes fiscales, con una dosis extra de deshonestidad y cobardía.

No obstante, hay un tercer grupo, la gente como Greg Mankiw y Martin Feldstein, quienes han escrito a favor de la idea general de pagar menos impuestos corporativos, lo cual está bien. Esa es una postura que es posible mantener de buena fe incluso si está en desacuerdo (e incluso si Mankiw, por lo menos, parece haber metido la pata en su análisis sin admitir el error). Sin embargo, ¿alguno de ellos ha hablado sobre la realidad de la legislación actual, el mal análisis que ofrecen las figuras políticas y el proceso político corrupto? Quizá me perdí algunas condenas, pero no he visto ninguna.

Quizá ustedes me digan que así es como todo mundo se comporta; si su lado político hace algo malo, se quedan callados. Pero no es así. Quizá piensen que voy a mencionar historias felices sobre liberales con principios, pero puedo hacer algo mejor que eso. Pensemos en un grupo de intelectuales conservadores muy diferente, de quien he dicho muchas cosas malas en el pasado: del tipo de los neoconservadores de la política exterior.

Nadie puede acusarme de tener debilidad por gente como William Kristol, Max Boot, Jennifer Rubin, David Frum y otros que se involucraron en animarnos a entrar a la Guerra de Irak. Sin embargo, uno debe admitir a regañadientes que con Trump han mostrado una valentía auténtica: han probado ser capaces de criticar, con dureza e incluso agudeza, el desastroso gobierno de nuestro régimen actual.

En otras palabras, los intelectuales neoconservadores de la política exterior, sin importar lo equivocadas que me parecen sus ideas, resultaron ser hombres y mujeres con principios reales.

Desearía poder decir lo mismo sobre los economistas conservadores. Pero no puedo.