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Analistas 12/06/2021

Una educación con “alma”

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto

Hace unos días tuve la oportunidad de leer y reflexionar sobre un informe del Instituto Internacional para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (Iesalo) titulado “Pensar más allá de los límites. Perspectivas sobre los futuros de la educación superior hasta 2050”, de mayo 25 de 2021. El informe nos ayuda a vislumbrar lo que será el futuro de la educación y retos a enfrentar desde la institucionalidad y la política pública y privada, global y local, en las próximas tres décadas, desde la mirada de expertos mundiales.

Llama la atención en este informe la sección alusiva al compromiso al que está llamada la educación superior para cumplir, en coherencia y consistencia, su misión en la sociedad. La educación superior de los sistemas nacionales, y de las instituciones debería organizarse en torno a determinados valores o, como dijo uno de expertos convocados a contribuir en el desarrollo del informe, proporcionar “una educación con alma” (profesor Dzulkifli -Dzul- Razak, rector de la Universidad Islámica Internacional de Malasia). Es así como el documento enfatiza que “…Impulsada por estos valores ‘con alma’, la educación superior puede permanecer y actuar conjuntamente en responder colectivamente a los desafíos globales, dar forma a los mundos que la rodean al elevar su voz en el entorno global y reconsiderar su compromiso a través de las regiones…”.

Desde esta perspectiva de futuro de la educación superior es necesario señalar algunos elementos que son importantes y decisivos para que la propuesta educativa se adecue a los contextos de la actual situación de la humanidad. Se trata de educar para la solidaridad y la construcción de un mundo más humano, y con mayor compromiso y acción social.

El primero es el rescate de la razón cordial o sensible. Somos fundamentalmente seres de sensibilidad más que de racionalidad. Por esto debemos desarrollar, como dice la carta encíclica del Papa Francisco “Laudato Si”, “una pasión por el cuidado del mundo, una mística que nos anime, que dé ánimo y sentido a la acción personal y comunitaria”. Nos ayudan entonces las reflexiones que se están haciendo en la actualidad sobre el rescate de esta dimensión empática que enriquece la inteligencia racional.

El segundo es aprender a convivir con la diversidad. A través de los medios de comunicación y de los procesos de migración y de internacionalización entramos en contacto con muchas culturas y valores humanos diferentes que van más allá de los nuestros. Las diferencias no son ocasión o motivo de desigualdad, y con ello presente, podemos construir una verdadera fraternidad sin fronteras.

En tercer lugar, incorporar una ética del cuidado necesario. El cuidado pertenece a la esencia de la vida y principalmente del ser humano. Sin cuidado, no sobrevivimos. Todo lo que amamos, también lo cuidamos, y todo lo que cuidamos, también lo amamos. El cuidado debe ser incorporado no como un acto, sino como una actitud fundamental en todas las áreas de la vida, cuidando de sí, del otro, de nuestro espíritu, del tipo de sociedad que queremos y que somos, y del cuidado de los ecosistemas.

Finalmente, desarrollar una dimensión espiritual de la vida. Vivimos en una cultura que cultiva excesivamente valores materiales basados en consumo, y olvidamos valores esenciales que nos hacen específicamente humanos como el amor incondicional, la solidaridad, la compasión, la capacidad de perdón y reconciliación, la apertura a lo sagrado de la naturaleza, a la trascendencia que está continuamente creando y sustentándolo todo.

Todo empieza con la educación y el futuro también depende de esta. Su tarea esencial es construir la identidad del ser humano, y hoy reinventarla para poder enfrentar los desafíos que nos plantean los cambios de una humanidad globalizada. Como dijo el educador Paulo Freire “La educación no cambia el mundo. La educación cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.