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Yo no soy tonta (y los demás, tampoco)

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Núria Vilanova

La mayor cadena de electrodomésticos y electrónica que hay en España usa como reclamo comercial una frase contundente: “yo no soy tonto”. Un mensaje directo y sencillo, que asocia comprar en sus establecimientos con un supuesto nivel de inteligencia. Si traigo a colación esta frase es porque hace pocos días me preguntaron sobre la tendencia a minusvalorar las capacidades de los más jóvenes. Mi respuesta fue sincera: “tendemos a pensar que la gente es tonta, pero tiene un sentido común espectacular”. Y ese fue el titular de la entrevista.

Pensar que la gente es tonta es una tendencia que debemos superar individualmente y como sociedad. Más de una vez, he reflexionado sobre distintos tipos de liderazgo y sobre mi convicción de que no existe un modelo perfecto. Siempre he creído en el liderazgo evolutivo, que se adapta a las necesidades del momento; en el liderazgo prescindible, que empodera a los que nos rodean; o en el liderazgo contraintuitivo, que sustituye la intuición por la razón. Pues bien, continuando esa línea, yo no soy tonta, y los demás tampoco es una actitud que siempre debe acompañarnos en todo ejercicio de liderazgo.

Y debemos comenzar a aplicarla con los más jóvenes, reconociendo su talento, y facilitando que desarrollen al máximo sus capacidades y habilidades. No tienen nuestra experiencia, pero tampoco nuestros prejuicios. Nos aportan una nueva escala de valores en la que hacer bien las cosas o construir un mundo más sostenible ocupan los primeros puestos. Son una generación -la Z- que ha nacido con Internet, que tiene otra visión del mundo, que ven cosas que nosotros no vemos.

De ahí que toda organización social, política o empresarial que aspire a sobrevivir las próximas décadas, deba contar con los más jóvenes. Ellos son el futuro. En Atrevia lo sabemos. Esa es la razón por la que impulsamos el programa de becas para jóvenes Movimiento Atrevia basado en el ‘mentoring’ y en el que el aspecto más valorado no podía ser otro que el talento.

Pero del mismo modo que no somos tontos, tampoco somos una excepción. Y en el supuesto de que lo fuésemos, deberíamos hacer todo lo posible por dejar de serlo. Debemos normalizar situaciones por singulares que parezcan. No hablo de asimilar. Todo lo contrario. Hablo de respetar y fomentar la diferencia, evitando que sea causa de discriminación. Si existe la excepción es porque existe la desigualdad.

Como mujer sé de lo que hablo. Por mi trayectoria me he desenvuelto en entornos donde estaba sola o las mujeres eran minoritarias. Y lo primero que he hecho cada vez que me he encontrado en esa situación es derribar barreras y tender puentes para conseguir que más mujeres me acompañaran en esa posición. Las mujeres tenemos que ayudarnos y organizarnos. Y lo mismo sirve para otros colectivos.

En mi caso, he impulsado un grupo de networking llamado Mirada plural, una red de apoyo recíproco para evitar la sensación de soledad de las mujeres a la hora de afrontar retos profesionales. Y es el mismo motivo por el que colaboro con ‘Inspiring Girls’. Una iniciativa que persigue que las niñas no pongan límites a sus sueños por el mero hecho de ser mujeres. Para ello necesitan referencias que las inspiren y reconocerse en mujeres que no han renunciado a su carrera ni a sus ambiciones profesionales. En resumen, debemos quitarnos la venda y esforzamos por descubrir y valorar el talento de los demás, por poner fin a las discriminaciones. Un mundo que podemos comenzar a cambiar hoy mismo.

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