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Tiempo de consenso y alianzas

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La América Latina de la próxima década, en sus ámbitos político-institucional y socioeconómico, se está engendrando en la actual coyuntura, en este trienio repleto de citas ante las urnas. La región está viviendo un periodo apasionante aunque no exento de riesgos: entre 2017 y 2019, 15 de los 18 países van a celebrar elecciones presidenciales y en Cuba acaba de producirse un importante cambio en la Jefatura del Estado.

Se trata de un conjunto de elecciones que se dan en un contexto complejo marcado por una alta desafección hacia los partidos tradicionales y la clase política, y un crecimiento económico más lento.

Latinoamérica, que entre 2003 y 2013 completó innegables y palpables avances en cuanto a disminución de la pobreza, ascenso de las clases medias, mejora de las infraestructuras y consolidación de la democracia, tiene ante sí un nuevo reto decisivo para su futuro: no perder el tren de la IV Revolución Industrial.

Y si importante en este contexto es la economía, más lo es, si cabe, la política desde la que deben tejerse sólidas alianzas para diseñar unas consensuadas agendas-país, crear un entorno que propicie el desarrollo e impulsar políticas públicas que conduzcan a un crecimiento fuerte, sostenido y compartido.

La pugna política, sobre todo en épocas electorales, es lógica e incluso bienvenida porque canaliza los deseos de cambio, las aspiraciones de los diferentes colectivos sociales y encauza malestares dentro del juego democrático.

Pero el mundo ha cambiado y la época hacia la que nos dirigimos exige la construcción de agendas comunes, consensos en temas medulares y, muchas veces, cogobiernos. La era de las mayorías aplastantes y rodillos parece haber acabado porque la fragmentación social ha desembocado también en una alta fragmentación política.

Canalizar esa división para posibilitar la gobernabilidad y los acuerdos interpartidos es el gran reto político del momento para que no se produzcan los cada vez más habituales choques de trenes institucionales y un mal ambiente político que desencadena fracturas, crisis institucionales, inseguridad para las inversiones e inestabilidad económica.

Solo desde la unidad en lo esencial los liderazgos políticos podrán afrontar otro gran reto: ‘reenamorar’ a los ciudadanos con sus instituciones dando respuesta, desde la democracia, a viejas y nuevas demandas.

Y así eludir un riesgo sobre el que alerta el expresidente brasileño Cardoso: “La ‘contemporaneidad’ de los medios de comunicación (internet y las redes sociales) o incluso de las formas de producción (robots e inteligencia artificial) modificaron profundamente a la sociedad y el modo en que las personas se relacionan e informan. Como resultado, la gente empezó a sentir que las instituciones políticas estaban al margen de las demandas de la ciudadanía”.

Tender puentes entre política y ciudadanía pasa por responder a esas demandas; exige construir Estados más eficaces. Administraciones transparentes y eficientes con sólidos cortafuegos institucionales para prevenir la corrupción que, en alianza con el sector privado, faciliten la llegada de inversiones y las canalicen de forma adecuada y consistente para que nuestros países sean más competitivos, productivos e innovadores.

Los ciudadanos, de forma cada vez más creciente, exigen el correcto funcionamiento de unas instituciones eficientes que den respuestas a sus demandas. Y eso solo se alcanza haciendo política con mayúsculas y dejando atrás debates menores para centrarse en el largo plazo.

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