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Valor social de las industrias culturales, el reto para la economía

Al comienzo del siglo XXI, varios países de Iberoamérica se empeñaron en identificar los efectos de las industrias culturales en sus economías nacionales. Perú demostró que cada extranjero compró en promedio US$110 en artesanías, durante el 2001. Chile corroboró que el PIB de sus actividades culturales se había duplicado durante los años noventa. Colombia, por su parte, en pleno 2001 y a pesar de la crisis interna del sector editorial, reveló una balanza positiva para la exportación de materiales de lectura, que le dejó al país US$108,92 millones ese año.

 
En los tres casos, las cifras eran contundentes. Demostraban la existencia de sectores dinámicos con grandes potencialidades y medidos bajo la jerga propia de los grandes sectores económicos: aportes al PIB, al empleo, la balanza de pagos y las tributaciones. 
 
Había que avanzar más, innovar, defender que en este escenario nuestras manifestaciones culturales son por excelencia la expresión simbólica de diversos pueblos. Las voces de intelectuales como: Néstor García Canclini, Guillermo Sunkel y Jesús Martín Barbero, entre otros,  nos recordaban precisamente que ese valor simbólico de la música, el cine o las artes visuales, es el determinante del consumo cultural. A la par, como región, teníamos que homologar los sistemas de medición y sobre todo, dotar a nuestros artistas e intérpretes de argumentos eficaces para demostrar los efectos de sus actividades.
 
No fue una tarea fácil. Era la primera vez que una institución intergubernamental iberoamericana como la Organización del Convenio Andrés Bello, lideraba la agenda académica y política en la materia y reivindicaba inversiones públicas hacia sectores considerados poco rentables. Los resultados de estos estudios trascendieron los retos y se convirtieron en referencia obligada para posteriores estudios, logrando, de paso, dos avances sin los cuales no se podría entender el momento actual del sector en Iberoamérica. Primero, llevaron a la formulación de las Cuentas Satélites de Cultura; de tal manera que desde 2002, se comenzó a calcular en Colombia y rápidamente el ejercicio se extendió a otros países de la región, lo cual a su vez promovió la elaboración de diagnósticos más ambiciosos mediante la formalización de Sistemas de Información Cultural. Segundo, siguiendo las voces de los intelectuales, se incluyeron la artesanía y las fiestas culturales en las mediciones, visibilizando la función simbólica de nuestras creaciones culturales. 
 
El sello de autenticidad, el carácter diferenciador de los bienes y servicios culturales en el mercado; la naturaleza que convierte a obras literarias, lugares emblemáticos y obras teatrales en piezas únicas para reflejar nuestra identidad, dejar plasmada nuestra historia y formar nuevos ciudadanos, requiere de apuestas más arriesgadas.
 
Hay que trascender la discusión, actualizar las investigaciones, innovar, defender que en este escenario iberoamericano, la naturaleza simbólica de las manifestaciones culturales es por excelencia el principal aporte de nuestros pueblos. Hoy se requiere del diseño y puesta en marcha de metodologías cualitativas y cuantitativas que dimensionen la función social de las expresiones artísticas y reivindiquen sus aportes para el desarrollo socioeconómico, en su dimensión más amplia. 
 
Un tema pendiente en la región que se debe asumir con el compromiso de emprender investigaciones que definan el aporte de la función social vayan más allá de las variables clásicas de la economía de la cultura y visibilicen los efectos de la cadena de valor en términos de desarrollo, tanto para los autores e interpretes como para quienes disfrutan de las manifestaciones culturales. ¿Qué motiva a las mujeres colombianas a pagar el mismo valor por una mochila tejida por nuestros artesanos en cambio de una cartera de marca?