Mientras las redes sociales están encendidas con reclamos de por qué el Gobierno no ha comprado la vacuna, o por qué no adquiere un lote que alcance para inmunizar a los 50 millones de colombianos, el verdadero problema aún está por resolver: ¿quiénes estarán dispuestos a recibir el fármaco?
Aquí aplica el viejo refrán de “el ojo puede más que la barriga”: millones de personas ansiosas a la espera del antídoto que finalmente nos libraría de esta pandemia, y cuando se anuncia la luz al final del túnel una reveladora encuesta asegura que 40% de la población ni siquiera se la aplicaría, es decir, en Colombia por lo menos 20 millones que podrían ser vacunados no lo harán.

A eso hay que descontarle las mujeres embarazadas y los niños menores de 2 años. Para estas alturas el Gobierno ya está haciendo cuentas, no para comprar más dosis, si no para que no se pierdan las que ya garantizó.

Si bien esta vacuna es una de las más esperadas, el corto plazo en que se desarrolló no juega a su favor. El tiempo de investigación, ensayos clínicos y distribución de todas las fórmulas de inmunización ha sido en promedio de 10 años. Es tan largo y tan riguroso ese proceso, que muchas de ellas a veces ni siquiera terminan de ser aprobadas cuando la enfermedad para la que estaban pensadas ya empiezan a mutar o a desaparecer, como pasó con el anterior brote de Sars. En este caso la Universidad de Oxford estudiaba un posible antídoto y la investigación quedó desfinanciada en la mitad del camino, porque el coronavirus casi que se evaporó.

Y aun cuando la enfermedad siga activa, sea mortal y exista un fármaco seguro, los mitos que se mueven alrededor de ellos son infinitos. Muestra de ello es el caso de varias niñas en Carmen de Bolívar, quienes después de inyectarse contra el virus del papiloma humano sufrieron convulsiones. Las familias de las menores aseguran que fue efecto de las vacunas y la ciencia que fue fruto de una histeria asociada a una sugestión colectiva.

Pero no solo el corto tiempo de investigación juega en contra de esta vacuna. También la misma confianza que han generado o degenerado las farmacéuticas: ningún laboratorio en el mundo está cerrando negociaciones, a menos que los gobiernos asuman los efectos adversos. Los laboratorios solo asumirán las consecuencias en caso de dolo, y valga decirlo que aún no se conocen cuáles serán los efectos secundarios. Lo único certificado es la eficacia frente al covid-19. Es por eso que muchas empresas tampoco recomiendan que quienes estén pensando tener hijos en los próximos meses se inyecten.

Yo de entrada estoy descartada por mi embarazo. Pero debo confesar que, si esta vacuna hubiera estado lista unos meses antes, lo hubiera pensado varias veces. La otra pregunta es, ¿a qué vacuna tengo derecho? ¿A la de Pfizer, la de Moderna o quizá a la vacuna china? ¿Tengo derecho a escoger?
Lo más seguro, por la velocidad y la ansiedad con la que el mundo quiere superar esta etapa de pandemia es que a la vuelta de 2021 estar vacunado se vuelva una condición ineludible, así como hoy exigen la prueba PCR para ingresar a algunos países o la vacuna de la fiebre amarilla. ¿Será que la piden para postularse a un cargo, o a una beca o algún beneficio fiscal? Así que, aunque usted no quiera, le va a tocar. Se acordarán de mí, será obligatoria.