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Analistas 21/01/2026

Salud: dan ganas de llorar

Maritza Aristizábal Quintero
Editora Estado y Sociedad Noticias RCN

“Los ricos también lloran”. La frase no fue un error ni una salida en falso. Fue una declaración de desprecio, de indolencia. En un país enfermo por la crisis, sobre pacientes que agonizan y se ahogan en la indiferencia, el ministro Guillermo Alfonso Jaramillo decidió responder con sarcasmo al llanto de un funcionario que no tenía recursos para pagarle a sus empleados. Una desconexión moral. El poder burlándose del dolor mientras millones de colombianos viven una emergencia silenciosa.

Porque mientras el Ministro ironiza con cinismo, en Colombia la gente no llora por drama: llora por abandono. Llora en farmacias vacías, en pasillos saturados, en trámites interminables. Llora cuando le dicen que el medicamento no está, que el contrato se cayó, que no hay recursos, que espere. Llora cuando tiene que sacar de su bolsillo lo que el Estado le prometió como derecho. Y no son casos aislados ni anécdotas: es un patrón que ya fue advertido oficialmente.

La Defensoría del Pueblo lanzó una alerta contundente: hoy hay 584 medicamentos con problemas de acceso y casi la mitad de los casos no se solucionan. Hay familias destinando hasta 90 % de sus ingresos para comprar medicinas que el sistema no entrega. Esto no es un debate ideológico ni una exageración mediática. Es una violación sistemática del derecho fundamental a la salud, documentada por la institucionalidad que debería ser escuchada y no relativizada.

A esa realidad se suma una cifra obscena: más de un millón de tutelas al año para reclamar atención médica. Un país donde los jueces reemplazan al sistema de salud no tiene fallas menores: tiene colapso estructural. Cada tutela es una confesión del Estado. Cada fila es una derrota institucional. Cada excusa oficial es una vida puesta en pausa.

Lo más grave no es solo la crisis, sino la arrogancia con la que el Gobierno la enfrenta. Se minimiza el problema, se culpa al pasado, se desacredita la crítica y se insiste en que todo es parte de una resistencia al cambio. Mientras tanto, los pacientes esperan. Algunos empeoran. Otros se endeudan. OTROS MUEREN. Pero desde el poder se mantiene un tono de suficiencia que resulta ofensivo frente al sufrimiento real.

La frase del Ministro es el símbolo perfecto de esa lógica: cuando no hay empatía, hay cinismo. Cuando no hay soluciones, hay burla. Cuando el dolor ajeno no importa, el Estado deja de ser garante y se convierte en espectador.

La salud no admite sarcasmos, ni frases ingeniosas, ni soberbia política. Cada palabra dicha desde el poder pesa. Y hoy, en medio de esta crisis, esa frase pesa como una bofetada a millones de colombianos que no necesitan explicaciones, sino respuestas urgentes.

Y hay algo aún más grave: esta no es solo una crisis de gestión, es una crisis de responsabilidad política.

El Gobierno no puede seguir actuando como si la salud fuera un experimento en curso donde los costos los asumen los pacientes. Gobernar también es hacerse cargo del daño mientras se transforma un sistema. No basta con prometer un modelo distinto si el presente se deteriora a la vista de todos. Porque cuando el Estado normaliza la escasez, relativiza el dolor y trivializa el llanto, deja de cumplir su función esencial: cuidar a su gente. Y eso, en democracia, tiene consecuencias.

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