Esta columna no es un ataque a la cuarentena, de hecho, quiero arrancar con una defensa. Hablamos de una pandemia que tomó por sorpresa al mundo, lo más eficiente y rápido era recurrir a viejas fórmulas, ¡muy viejas!, 3.000 años de antigüedad. Un confinamiento se impuso como la solución más sensata frente a la desalentadora posibilidad de repetir la historia de Italia, España o Ecuador que todavía no terminan de contar a sus muertos.

Pero después de cinco meses esa cuarentena se volvió insostenible. Lo que ya no tiene sentido es el facilismo de los mandatarios nacionales y locales. Durante meses todos hicimos un sacrificio, pero a cambio lo que esperábamos era que alcaldes, gobernadores y el mismo presidente se inventaran fórmulas más astutas para enfrentar el virus, porque si no el virus va a acabar con nosotros, y para eso la cuarentena está resultando más poderosa que la misma enfermedad.

Ya no es un orgullo decir que Colombia tiene el cierre de fronteras y comercio más largo del mundo cuando las historias que se escriben detrás son las de millones de personas que perdieron su trabajo. Empresarios que tuvieron que cerrar sus compañías, emprendedores que quedaron sin proyectos y endeudados. A medida que empezó a alargarse el confinamiento, miles de ciudadanos reaccionaron contracorriente, salieron a las calles a trabajar para tratar de salvar, aunque sea un poco de dignidad, que en tiempos difíciles significa un poco de comida sobre la mesa.

Reaccionaron con rebeldía, porque ya nos se sienten representados por sus dirigentes, que anuncian restricciones como lugar común en vez de ponerse en su lugar ¿Acaso les duelen las vidas que se desdibujan a la luz de un país improductivo? Padres que no pueden pagar el colegio o la universidad de sus hijos. Familias que se quedaron colgadas en las hipotecas y que ahora perderán sus casas. Estudiantes que a cambio de asistir a clases hoy se ocupan como domiciliarios, y otros con menos suerte que cayeron en la trampa de la delincuencia. Los que fueron desalojados de un paga diario y quienes tuvieron que cambiar tres platos de comida por uno.

¿Y cuántos pensado en la salud mental?, muchos abuelitos protegidos del covid-19 hoy están tristes y deprimidos, su proceso de envejecimiento emocional en la cuarentena se aceleró ¿Y las parejas que no lograron sobrevivir, y se separaron? También hay jóvenes frustrados, con sus estudios y sueños en pausa viviendo en una realidad inimaginada. Por siglos a la humanidad la programaron para conducir su libertad, y ahora la atrapan en una infinita cadena de reglas, restricciones y libertades coartadas, atascada en una realidad para la que no está preparada, y siendo tratada como incapaz de administrar el riesgo personal.

Y ahora cuando parece que se asoma la luz al final del túnel nos ponen otra vez bajo la amenaza de que si hay rebrotes aplicaremos la vieja receta ¿En serio? ¡No más cuarentenas! Los mandatarios necesitan más sagacidad y creatividad para inventarse nuevas fórmulas. Algo que no implique restricción de derechos y libertades, que no empobrezca más el país, que evite que nos contagiemos y que no nos enferme mentalmente. Los ciudadanos no podemos seguir escondiéndonos. Ya es suficiente con el miedo a la muerte como para temerle también a vivir.