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Una niña de ocho años no debería aparecer nunca en una historia de poder. Menos en una historia en la que el hombre poderoso es señalado de haberla violado.
Si estas denuncias se prueban, Colombia no estaría frente a otro escándalo político ni frente a otra pelea de adversarios. Estaríamos frente a algo mucho más oscuro: un hombre que habría utilizado su poder, influencia y miedo para hacerle daño a una niña… o, quizá, a varias.
Y quiero decirlo desde el comienzo para no ser tergiversada: Caicedo tendrá derecho a defenderse y a que sean los jueces quienes determinen su responsabilidad. Una denuncia no es una sentencia y una columna no es un tribunal. Pero tampoco voy a esconder mi indignación detrás de esa frase. Porque como periodista he tenido acceso a parte de las pruebas y, como mamá, hay cosas que simplemente no puedo ignorar. Los testimonios son más que dolorosos, perturbadores.
Según el relato de la madre, que hoy representa el abogado Julián Quintana, Caicedo habría invitado a la mujer y a su hija a uno de sus apartamentos. En un momento habría buscado quedarse a solas con la niña mientras la mamá recogía un domicilio. Cuando regresó, habría encontrado a su hija con la pijama desacomodada y a Caicedo con sus genitales descubiertos.
No imagino lo que pudo sentir esa mujer, el miedo de la niña, su desconcierto, la imposibilidad de entender por qué un adulto estaba haciendo con ella algo que nunca debió ocurrir.
Y sí, como mamá, hay una pregunta que me ha dado vueltas en la cabeza: ¿cómo puede una madre no denunciar inmediatamente algo así?
Pero cuanto más conozco el caso, más creo que esa pregunta está mal formulada. Tal vez deberíamos preguntarnos qué está pasando para que una mujer sienta que denunciar al hombre que abusó de su hija puede ser más peligroso que quedarse callada.
Es que estamos hablando, según los testimonios conocidos, de uno de los hombres más poderosos de Santa Marta y de la política nacional, exgobernador, exalcalde y excandidato a la presidencia.
Cuando el poder es tan grande, el miedo también puede serlo. Julián Quintana ha llevado ante la Fiscalía chats, audios, documentos, testimonios, exámenes físicos y psicológicos. Yo conocí algunos de esos elementos probatorios: mensajes de una sola visualización en los que Caicedo insiste en encuentros sexuales con la participación de la niña.
También conocí elementos de un examen de Medicina Legal que prueba un desgarro antiguo en los genitales de la menor. Todo eso, por supuesto, tendrá que ser valorado judicialmente. Pero hay algo que me parece todavía más estremecedor: el mensaje de una familiar del propio Caicedo, que asegura haber sido abusada por él cuando tenía 11 años.
Eso, si se confirma, cambia por completo la dimensión de esta historia. ¿Cuántas víctimas más habrá calladas y ocultas?
Y en este punto mi dolor se convierte en indignación. Me indigna pensar que, mientras una niña, cualquiera, quiere reconstruir su vida, el hombre que la abusó sigue poderoso y entronizado.
Me indigna que cualquier mujer pueda llegar a creer que el poder de un victimario es más grande que la capacidad de las instituciones para protegerla.
Por eso, ni la justicia ni nosotros podemos convertirnos en parte del silencio y la indiferencia. Tenemos que levantar la voz por quienes no pudieron hacerlo.
Por esto y mucho más, esperamos que un gobierno que llega con las banderas de defender las libertades económicas derogue próximamente este legado del nefasto “nacionalismo financiero"
Los empresarios de película invierten el tiempo de sus juntas directivas en ver cómo bajarles el sueldo a sus empleados, cómo engañar a los otros accionistas, manipular a los clientes; en fin, todo un conjunto de actividades inmorales, ilegales o las dos simultáneamente