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¿Qué es técnico y qué se cuestiona desde ese mismo punto de vista en el sector público? Una de las insinuaciones más recurrentes que he recibido en el servicio público es que, por ser una mujer joven, egresada de una universidad pública del Caribe colombiano, per se no soy técnica. Ese es un rótulo que han querido colgarle a buena parte de los funcionarios de este gobierno, porque para los llamados “tecnócratas” parecería imposible pensar otra institucionalidad y asumir una apuesta más decidida por los cambios sociales sin apartarse del rigor técnico.
En los rankings de las mejores universidades del país, dos universidades públicas se ubican en el top 5 y cuatro en el top 10. Las universidades públicas del Caribe, en cambio, suelen quedar relegadas de esos primeros lugares. Siempre he sido una abanderada de la educación pública, porque si de oportunidades se trata, la única puerta de entrada real es la educación pública gratuita y, sobre todo, la educación pública de calidad. Sin embargo, y muy a pesar de los rankings, recuerdo una consigna universitaria con la que debatimos en muchos escenarios de mi vida en el movimiento estudiantil: las universidades públicas deben ser el eje de las transformaciones sociales, económicas y ambientales de los territorios donde la desigualdad se amplía cada día más. Y eso exige responsabilidad social, política y ética.
En ese sentido, quienes somos hijos e hijas de la educación pública tendríamos que tener otra visión del ejercicio de lo público y, esencialmente, de lo técnico.
Entonces, lo técnico también tiene que ver con un modo de ver el mundo, con la implantación de un modelo de desarrollo en el que la “técnica” termina validando la instrumentalización y apropiación de los recursos, tanto de la naturaleza como de lo humano. Hemos visto cómo, desde una noción de técnica impuesta por una visión conservadora y homogeneizadora del mundo -muchas veces reproducida desde las universidades de élite-, se preserva el statu quo. En ese marco, las desigualdades, la crisis ambiental, la soberanía alimentaria y otros asuntos estructurales son entendidos desde una mirada occidental y colonial; por eso, sus soluciones también terminan construyéndose desde la lógica del capital.
¿Quién se atreve a negar o a cuestionar lo culturalmente aceptable como técnico en el ejercicio de la gestión pública? La cuestión en Colombia es que, culturalmente, lo aceptado como técnico está ligado al hombre blanco, egresado de una universidad privada de la élite. Esto tiene su origen y sustento en la colonización del saber. Por eso, introducir nuevas formas de vida y de conocimiento que no caben en el molde occidental dominante -y que, por el contrario, lo desafían- es invisibilizado, cuestionado y deslegitimado. La pretensión del conocimiento occidental, por ejemplo, es monopolizar lo válido, lo aceptable, aunque su método y sus resultados se alejen de las soluciones de fondo a los problemas que enfrentamos como sociedad.
Este gobierno ha abierto paso a otras racionalidades y prácticas, a lo técnico que cuestiona el statu quo. El único horizonte válido no puede seguir siendo las políticas públicas fallidas que sostienen el establecimiento.
Por último, un logro cultural incuestionable del gobierno del presidente Gustavo Petro es construir otra institucionalidad, otras metodologías, lo técnico al servicio de la gente. En su mayoría, una nueva generación de funcionarios y funcionarias sin apellidos y que además somos hijos e hijas de la educación pública. Esto cambia la concepción de cómo se vive el servicio público, y no solo desde lo técnico, también desde lo estético: funcionarios y funcionarias que nos parecemos mucho más al pueblo, porque somos pueblo.
Lo que el quienes votan por el centro parecen no entender es que, en un país polarizado, la inacción no es neutralidad: es complicidad