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Una herencia colonial injusta, siglos de desigualdad, décadas de conflicto y narcotráfico, una polarización política y social y un sistema corroído por la corrupción y la ilegalidad han hecho que los colombianos seamos una sociedad muy desconfiada: desconfiamos hasta de la democracia que nos ha permitido, pese a todo lo demás, tener libertad y desarrollo, con la posibilidad de mejorar generación tras generación.
Colombia, al igual que el resto de América Latina y el Caribe, necesita reconstruir la confianza entre sus ciudadanos, hacia las instituciones y en las empresas, único mecanismo para fortalecer la democracia y por ende el camino a construir un país que provee oportunidades, equidad y un territorio para vivir.
Un reciente estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) describe las grandes oportunidades que le esperan a la región si minimiza la desconfianza, causa de desunión y atraso, el problema más acuciante y, sin embargo, el menos abordado al que se enfrenta América Latina. Las consecuencias económicas y políticas de la desconfianza se propagan a toda la sociedad.
La confianza aumenta la transparencia dentro de los gobiernos, ayuda a construir democracias más fuertes, fortalece las empresas para que sean más productivas, innovadoras y sostenibles, pilar para el desarrollo humano. ¿Qué es un papel que le da valor a un peso o a un dólar?: confianza. Es el elemento que subyace a innumerables interacciones esenciales en las sociedades sanas. Las empresas invierten e innovan esperando que los gobiernos mantengan reglas claras, los trabajadores esperan su salario, los compradores confían en que los vendedores proporcionarán bienes y servicios de calidad, los ciudadanos llaman a la policía para su protección, toman los medicamentos porque confían en los médicos.
Sin estas interacciones, la sociedad y todos sus miembros sufren, la sociedad es inestable, la calidad de las políticas públicas se deteriora, el crecimiento económico se desacelera, la equidad social y el bienestar individual disminuyen.
La confianza es honestidad, fiabilidad y buena voluntad. Cuando los ciudadanos no confían unos en otros tienen menos probabilidades de trabajar juntos para obligar a un gobierno, a los políticos, a los malos funcionarios a rendir cuentas. La desconfianza alimenta el incumplimiento, la evasión, el impago. En América Latina y el Caribe, señala el documento, la reducción de la confianza entre 2016 y 2020 cayó de 22% a 11%. Solo una de cada 10 personas cree que se puede confiar en los demás.
Cuando la confianza interpersonal es baja, los proyectos colectivos son difíciles y los vínculos de la ciudadanía se debilitan. Los ciudadanos se muestran menos dispuestos a hacer sacrificios, a cumplir sus deberes ciudadanos, la cohesión social tiende a desintegrarse, aumenta el descontento social. Las personas más productivas, capacitadas e innovadoras tienen más oportunidades económicas en las sociedades donde la confianza es alta. La desconfianza distorsiona la actividad económica. Si las empresas desconfían del gobierno, tienen menos probabilidades de responder a las condiciones favorables que esas políticas puedan crear.
Pero la confianza se alcanza desde cada uno y escogiendo bien a quienes nos representan y gobiernan, por lo que necesitamos líderes, reconciliar el país, alcanzar la paz y dar confianza a las nuevas generaciones. Está en nuestras manos.
La autoridad electoral ha dispuesto que las tres consultas contarán con un solo tarjetón, en el que cada votante sólo puede marcar un solo nombre
No bote su voto en candidatos que prometen todo y explican poco; infórmese. Tómese el trabajo de averiguar el programa de gobierno de su candidato. Si es serio, estará en la web y en las redes; si no, es más demagogia y pura carreta
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