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En geopolítica, la geografía no es paisaje, es destino. El mapa no está en la pared colgado para decorar cancillerías; está para recordarnos que los países compiten, negocian y se desarrollan según sus intereses, sus posibilidades y desde su zona de influencia. Cuando el mundo entra en turbulencia, esa verdad se vuelve más visible y el poder más evidente. Quien controla rutas, puertos, corredores, energía, datos o minerales también impone, influye y condiciona.
Por eso el nearshoring cambió de apellido. Durante años lo explicamos como una apuesta por la cercanía; hoy ya no basta con estar a pocas horas de Miami ni en el mismo huso horario. Con el regreso de Donald Trump, la política comercial de EE.UU. volvió a dejar claro que comercio, industria y seguridad nacional se leen en una sola frase, con la prioridad de fortalecer la producción, reindustrializar sectores estratégicos y usar la política comercial para reducir dependencias externas y proteger capacidades críticas. En otras palabras, primero relocalizar hacia adentro y luego, si hace falta mirar afuera, hacerlo con cálculo de cirujano, no con romanticismo globalizador.
Eso obliga a entender que ya no estamos en la era del “me voy al país más cercano”, sino en la del “me muevo donde reduzco riesgo, gano supervisión y aseguro continuidad”.
No es casualidad que, según McKinsey, 46% de las empresas esté diversificando geográficamente, 42% localizando cadenas de suministro y 75% prefiera trabajar con más proveedores para disminuir disrupciones. Es decir, la geografía sigue importando, pero acompañada de confianza.
Y ahí aparece Colombia. Nuestro destino, guste o no, ha sido y sigue siendo el hemisferio, no por subordinación, sino por realidad y oportunidad. EE.UU. sigue siendo nuestro principal ancla económica y comercial: es mercado, inversión, empleo, servicios, turismo, remesas, cadenas productivas y posibilidad de escalar. Nuestra ubicación importa, sí. Pero hoy importa más lo que hacemos con ella.
El nuevo contexto exige madurez. Ya no alcanza con vender ubicación. Colombia tiene que prepararse para ser parte de bloques, de cadenas más selectivas y de alianzas más exigentes; entender que el comercio global se está reorganizando alrededor de afinidades estratégicas, seguridad económica y resiliencia. Es, en la práctica, comerciar más con quien me da confianza, y esa confianza no se improvisa: se construye con logística, energía confiable, infraestructura digital, talento, trazabilidad, seguridad jurídica y capacidad real de cumplir.
La prioridad de EE.UU. se está concentrando en infraestructura estratégica y crítica, que incluye -pero no se limita- a energía, datos, minerales críticos y manufacturas sensibles, mientras que los espacios más claros para socios externos aparecen en segmentos como autopartes, textiles, farmacéuticos, dispositivos médicos, electrónica, renovables y servicios como tecnología, tercerización de procesos y servicios de conocimiento. El mundo no nos va a esperar; tenemos que estar listos a la convocatoria.
La geografía nos da una oportunidad; la estrategia decide si la convertimos en desarrollo. Colombia no puede cambiar de vecindario, pero sí puede decidir qué tipo de vecino quiere ser. Hoy el mapa nos favorece. Ahora nos toca merecerlo.
El decreto presenta inconvenientes legales, constitucionales y económicos. Materializa una visión socialista de colectivización de las relaciones laborales, sin que tales medidas hayan sido debatidas y aprobadas en el Congreso de la República
En Colombia, el desafío es anticiparse con una regulación inteligente que no frene el turismo, sino que ordene sus impactos, diferencie usos y proteja la oferta residencial
Las tensiones geopolíticas que vivimos en la actualidad están aumentando la demanda de carbón térmico y de carbón metalúrgico para Colombia