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Analistas 31/03/2025

A menos nacimientos más acciones

María Claudia Lacouture
Presidenta de AmCham Colombia y Aliadas

Las últimas cifras anuales del Dane sobre población muestran una drástica (y preocupante) caída de 13,7% en 2024, con descensos permanentes en la última década. En 2015 nacieron 660.999 personas en Colombia y el año pasado 445.011, es decir, 32% menos.

Esta tendencia, conocida como invierno demográfico, no solo refleja cambios sociales y económicos, sino que también puede estar revelando una creciente falta de fe en un futuro próspero. El verdadero reto es trabajar en soluciones que le den viabilidad al país y devuelvan las esperanzas a sus ciudadanos. De no hacerse los correctivos necesarios, las implicaciones de este fenómeno serán profundas y amenazan con desbordar un sistema fiscal, de salud y pensiones que ya está en cuidados intensivos.

La disminución de la natalidad implica un envejecimiento progresivo de la población: cada año habrá más personas mayores y menos jóvenes, lo que pone una presión creciente sobre la sostenibilidad del sistema. Japón, por ejemplo, lidera la lista de las naciones más envejecidas, con un 30% mayores de 65 años y un 10% con más de 80. Para afrontarlo, ha reforzado ayudas a la natalidad, atención a la vejez e innovación en el cuidado. Colombia, en contraste, aún no toma medidas estructurales frente al desafío que se avecina.

Este descenso obliga a proyectar desde ya políticas públicas que respondan a los nuevos retos demográficos. Tal vez lo primero sea combatir el miedo. Las personas están cada vez más solitarias, más desconfiadas, menos dispuestas a establecer relaciones duraderas o compartir proyectos de largo plazo. Y si bien este fenómeno tiene múltiples causas, como el acceso de las mujeres a la educación y el empleo, la maternidad tardía, el alto costo de vida y la falta de servicios adecuados, también revela algo más profundo: una pérdida de confianza en el futuro del país.

Hay menos hijos en parte también por otros temores, como al cambio climático, a nuevas pandemias, a las guerras, a la pobreza, a una sociedad sin valores. La gente ve más incertidumbre que certezas. Y el desarrollo tecnológico, aunque prometedor, también plantea dudas sobre el trabajo, la longevidad y la calidad de vida. Mientras tanto, Colombia no está haciendo lo necesario para prepararse para este nuevo escenario.

El envejecimiento de la población implica mayor demanda de servicios médicos y atención a largo plazo. Sin reformas que fortalezcan la estructura fiscal y los sistemas de salud y pensiones, el país se enfrentará a una crisis social de gran magnitud. Y, en lugar de avanzar en soluciones estructurales, lo que se ha presentado como reforma no solo destruye sistemas que -con necesidad de mejoras- funcionaban razonablemente bien, sino que nos está llevando hacia una crisis humanitaria en salud y una inviabilidad en pensiones. La caída en la natalidad no es solo un fenómeno estadístico: es una señal de alarma sobre el rumbo que estamos tomando.

Necesitamos devolver la confianza en las instituciones, trabajar con equidad e inclusión, respetando la autodeterminación y la libertad personal, sin distinciones ni exclusiones. Apostarle al entendimiento, al desarrollo con propósito, al bien común. Suena utópico, pero es urgente. Porque tarde o temprano tendremos que afrontar esta realidad si queremos salvar a Colombia.

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