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Las últimas cifras anuales del Dane sobre población muestran una drástica (y preocupante) caída de 13,7% en 2024, con descensos permanentes en la última década. En 2015 nacieron 660.999 personas en Colombia y el año pasado 445.011, es decir, 32% menos.
Esta tendencia, conocida como invierno demográfico, no solo refleja cambios sociales y económicos, sino que también puede estar revelando una creciente falta de fe en un futuro próspero. El verdadero reto es trabajar en soluciones que le den viabilidad al país y devuelvan las esperanzas a sus ciudadanos. De no hacerse los correctivos necesarios, las implicaciones de este fenómeno serán profundas y amenazan con desbordar un sistema fiscal, de salud y pensiones que ya está en cuidados intensivos.
La disminución de la natalidad implica un envejecimiento progresivo de la población: cada año habrá más personas mayores y menos jóvenes, lo que pone una presión creciente sobre la sostenibilidad del sistema. Japón, por ejemplo, lidera la lista de las naciones más envejecidas, con un 30% mayores de 65 años y un 10% con más de 80. Para afrontarlo, ha reforzado ayudas a la natalidad, atención a la vejez e innovación en el cuidado. Colombia, en contraste, aún no toma medidas estructurales frente al desafío que se avecina.
Este descenso obliga a proyectar desde ya políticas públicas que respondan a los nuevos retos demográficos. Tal vez lo primero sea combatir el miedo. Las personas están cada vez más solitarias, más desconfiadas, menos dispuestas a establecer relaciones duraderas o compartir proyectos de largo plazo. Y si bien este fenómeno tiene múltiples causas, como el acceso de las mujeres a la educación y el empleo, la maternidad tardía, el alto costo de vida y la falta de servicios adecuados, también revela algo más profundo: una pérdida de confianza en el futuro del país.
Hay menos hijos en parte también por otros temores, como al cambio climático, a nuevas pandemias, a las guerras, a la pobreza, a una sociedad sin valores. La gente ve más incertidumbre que certezas. Y el desarrollo tecnológico, aunque prometedor, también plantea dudas sobre el trabajo, la longevidad y la calidad de vida. Mientras tanto, Colombia no está haciendo lo necesario para prepararse para este nuevo escenario.
El envejecimiento de la población implica mayor demanda de servicios médicos y atención a largo plazo. Sin reformas que fortalezcan la estructura fiscal y los sistemas de salud y pensiones, el país se enfrentará a una crisis social de gran magnitud. Y, en lugar de avanzar en soluciones estructurales, lo que se ha presentado como reforma no solo destruye sistemas que -con necesidad de mejoras- funcionaban razonablemente bien, sino que nos está llevando hacia una crisis humanitaria en salud y una inviabilidad en pensiones. La caída en la natalidad no es solo un fenómeno estadístico: es una señal de alarma sobre el rumbo que estamos tomando.
Necesitamos devolver la confianza en las instituciones, trabajar con equidad e inclusión, respetando la autodeterminación y la libertad personal, sin distinciones ni exclusiones. Apostarle al entendimiento, al desarrollo con propósito, al bien común. Suena utópico, pero es urgente. Porque tarde o temprano tendremos que afrontar esta realidad si queremos salvar a Colombia.
No es casual que, cada vez que el Gobierno necesita un antagonista, mire hacia Medellín y Antioquia
A escala global, la magnitud de la crisis fue aún más dramática. El número de contagios superó los 600 millones de casos y se estima que cerca de 15 millones de personas perdieron la vida como consecuencia de la pandemia
Lo que el quienes votan por el centro parecen no entender es que, en un país polarizado, la inacción no es neutralidad: es complicidad