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ANALISTAS 03/05/2024

De vanidades, retaliación y caos

María Clara Posada Caicedo
Estratega Política

Desde 1889, el 1 de mayo ha sido la fecha en la que los movimientos obreros reivindican sus derechos y conmemoran sus luchas. En Colombia, el pasado 1 de mayo en cambio, no giró alrededor de dichas vindicaciones. En un acto de profundo narcisismo, el presidente Gustavo Petro aprovechó la celebración, ya naturalmente multitudinaria, para pretender refrendar su mandato- así fuese artificialmente- y para desafiar a todo aquel que haya osado controvertirlo.

El 21 de abril más de un millón de colombianos sin presión alguna, salieron a las calles para expresar su descontento con las políticas del gobierno nacional y para manifestar su apoyo recio a la libertad y la democracia. Para el presidente, que ha mostrado poca tolerancia a la crítica, la marcha no fue un espacio de construcción colectiva, ni una excusa para escuchar al pueblo y generar una nueva conexión con las necesidades de los colombianos, como muchos hubiésemos esperado. No, para Petro la marcha supuso un atentado radical a su gobernabilidad y una amenaza contra su persona.

Su reacción fue proporcional a su capacidad de discernimiento. Muy al estilo que como presidente ha dejado ver, Gustavo Petro no solo menospreció el valor de la marcha del 21 y convocó a sus seguidores a marchar el 1 de mayo para medir vanidosamente fuerzas en la calle; si no que aprovechó la conmemoración del día del trabajo para promulgar el discurso menos conciliador que le hayamos oído.

El Petro que vimos en la Plaza de Bolívar, no escatimó en sus deseos de radicalizar los ánimos. Entre señalamientos a sus contradictores, falacias sobre expresidentes demócratas y respetuosos de la ley, apologías a movimientos guerrilleros, mancillas al pueblo de Israel, manoseo a las relaciones diplomáticas, profundización de la narrativa de la lucha de clases y amenazas para quiénes se atrevan a cuestionarlo; el Petro que vimos en la Plaza de Bolívar, arremetió contra cada una de nuestras instituciones y desafió una vez más a la Constitución. Su discurso del 1 de mayo dio cuenta de la necesidad urgente que tiene como gobernante de provocar a los colombianos para poder generar el ambiente de caos perfecto que sirva como escenario para la realización de objetivos autócratas y para la vulneración al Estado de Derecho.

Gustavo Petro necesita el caos para distraernos y crear la percepción engañosa de que quieren sacarlo de forma ilegítima mientras inocula la idea, en una porción de la población manipulable, de que se requieren medidas extremas para situaciones extremas. El discurso del 1 de mayo no fue el de un demócrata. Fue la retaliación de un agitador intimidado por una vulnerabilidad jurídica inminente, que necesita crispar los ánimos para vulnerar el marco de respeto a la constitución y a la ley. Petro que se crece en el caos y en la confrontación, está tratando de llevarnos a jugar en su cancha. Nosotros, que ya lo conocemos, no podemos prestárnosle para ese juego. La ciudadanía será el baluarte de las libertades. Que de eso no quede duda.

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