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¿Vuelve la política industrial?

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“Si hay que darle empujón a la industria no tengo problemas en darle estímulos” afirmó el entrante ministro de Hacienda y Crédito Público, Mauricio Cárdenas, en entrevista a la revista Semana. El contexto de la cita es una pregunta sobre cómo se auto-calificaría en la caricatura de “amigo de la intervención estatal” o “neoliberal”.

La noticia de que el nuevo Ministro pensaría en el espinoso tema de la política industrial-ayuda directa del Estado a ciertos sectores productivos-fue recibida, como no, con regocijo entre los industriales. El Ministro, que lleva cerca de un cuarto de siglo navegando con éxito las aguas de la política pública y de la academia, conoce los bemoles de la propuesta.

Por un lado están los argumentos a favor de la misma. Si la batalla contra la revaluación no se puede ganar, bien vale la pena ayudar a los más afectados por esta con munición de otro calibre; si el despegue minero amenaza con menguar otros sectores a través de la enfermedad holandesa, quizás se les pueda vacunar contra esa amenaza; si hay sectores cuyo desarrollo es primordial para generar por ejemplo enclaves de alta tecnología, vale la pena darles un empujoncito gubernamental; si vamos a regalar 100.000 viviendas ¿por qué no podemos aceitar con nuestros impuestos la maquinaria de quienes crean empleo y riqueza en el país? O, para cerrar, el argumento del gobierno pasado según el cual sin esas ayudas muchas inversiones simplemente no se habrían hecho.

Pero la lista de dificultades que enfrenta la estrategia es grande. Por un lado, cuando de recibir plata regalada se trata, la fila se llena rápidamente. En esta hay codazos y colados. Para el gobierno, como lo ilustra el caso de Agro Ingreso Seguro, resulta complejo distinguir entre los beneficiarios que tenía en mente y los colados. De otro lado, siempre existirá la precepción-correcta o equivocada-de que la política fue diseñada para favorecer intereses políticos o, peor aun, que el proceso de diseño del regalo gubernamental fue capturado por elementos corruptos. De nuevo, AIS en el imaginario colombiano ilumina estos temores.

De otro lado ¿si el sector que se va a apoyar es tan prometedor, por qué necesita que nuestros impuestos lo empujen? La promesa sobre su éxito debería ser combustible suficiente para financiar su nacimiento y desarrollo. Y si se trata de un sector en problemas al que queremos ayudar, las espinas pueden ser más filudas. En efecto, distinguir entre un sector que está temporalmente en problemas y uno cuyo declive es inexorable es una tarea compleja. El gobierno anterior, por ejemplo, echó mano de miles de millones en recursos públicos para ayudar a empresas floricultoras supuestamente afectadas por la revaluación. Las ayudas seguramente fueron pensadas como un salvavidas frente a un ahogo temporal. Sin embargo, muchas de esas firmas estaban irremediablemente atragantadas y los recursos se perdieron. Hoy, varios de los protagonistas de esos créditos enfrentan problemas con la justicia. Total, dirían los detractores de las ayudas estatales a la industria, si el negocio es muy prometedor no necesita del concurso del Estado-más allá de la provisión de infraestructura y de reglas de juego claras-y si el negocio es malo, no hay ninguna razón para que nuestros impuestos se vayan a fondearlos. ¿Se meterá el ministro Cárdenas a dirimir el debate?

Twitter: @mahofste

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