Analistas

¡Que hagan algo por el país!

En los últimos años he participado en varias colectas para ayudar a personas de bajos recursos a pagar la Cuota por Compensación Militar-un desembolso que les exigen a los jóvenes que no son seleccionados para prestar servicio militar para regularizar su situación militar. En plata blanca y sin eufemismos, el asunto se reduce a que el Estado les vende la libreta militar. La primera vez que me pidieron ayuda para ese propósito le dije a la madre del muchacho en cuestión que la estaban tumbando, que no podía ser cierto que si a su hijo no lo reclutaban para prestar el servicio militar a la familia le tocara abrir la billetera hasta el punto de tener que pedir prestado o armar colectas para tener los papeles en regla. Pero yo estaba equivocado. En efecto, dicho pago existe. Y es sustancial. Tenemos una ley que obliga a nuestros jóvenes a empezar la vida con una deuda enorme.
 
Cuánto deben pagar los jóvenes depende de los activos inmobiliarios y del sueldo de los padres. (Resulta absurdo que lo que pague un adulto de 18 años dependa de los ingresos y activos de sus padres, pero esa es otra discusión). Las magnitudes son aberrantes. Según un ejemplo presentado en la página del Ejército, un joven hijo único de 18 años cuyos padres ganan cada uno un salario mínimo y tienen una casa de $40 millones (menos del tope de las viviendas de interés prioritario) debe pagar cerca de $1,2 millones. Si tiene la suerte de tener un hermano la cuenta se cae a $625.000. 
 
¿Cuál es la lógica de semejante esperpento? Me imagino que como esos jóvenes no prestaron servicio militar los que diseñaron la ley consideraron apropiado que compensaran monetariamente al resto de colombianos; ¡que hagan algo por el país, como los que prestan servicio militar! La lógica de ¡todos a dormir al piso! Pues bien, es tiempo de pensar en pasarlos a todos a la cama.
 
El primer paso es eliminar el esperpento de ley que cobra a los jóvenes enormes recursos por el hecho de extenderles un documento. Y el segundo paso: debemos abrir el debate sobre el servicio militar obligatorio. Ahora, con la moda de hablar de post-conflicto, esa discusión debe retomarse. No solo se trata de pensar qué tipo y qué tamaño de ejército necesitamos si las amenazas de primer orden dejan de ser internas y pasan a ser externas. Se trata también de pensar si los hombres y mujeres que van a componer esas fuerzas deben estar allí por vocación profesional o por obligación legal. Cuando discuto esto con defensores del servicio obligatorio algunos argumentan que este es fundamental porque forma disciplina y garantiza que los jóvenes “hagan algo por el país”. Con frecuencia el argumento termina en que el servicio debería ser extendido a las mujeres. 
 
Tengo mis dudas sobre la veracidad del primer argumento pero comparto totalmente el segundo: maravilloso que los jóvenes hagan algo por su patria. En efecto, seguir su vocación es lo mejor que pueden hacer por el país. Ésta puede ser de panadero, deportista, camionero, biólogo, político, electricista, médico etc. y, por qué no, militar. Pero desde mis lentes no parece apropiado asignar las múltiples habilidades y talentos de nuestros jóvenes a hacer durante un año abdominales y flexiones de pecho y aprender a disparar. Hay retornos más altos si los dejamos perseguir sus sueños; hay mejores formas de ¡hacer algo por el país! 
 
Twitter: @mahofste