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Gabelas y declives

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En medio del enfriamiento de las perspectivas de desempeño económico de América Latina, Colombia saca buenas notas. O para ser más precisos, pasa raspando en una región en la que casi todos se van a rajar en el futuro próximo. Pero a pesar de aprobar, quiero resaltar en esta nota dos frentes de riesgo en los que el gobierno debería estar pensando. Uno de corto plazo y otro de mediano horizonte temporal.

El de corto plazo tiene que ver con las demandas que diferentes sectores harán durante los malos tiempos para que el Gobierno los rescate de las angustias. En Colombia ya varios han lanzado ideas en esa dirección. Por ejemplo, la Asociación de Petróleo ya ha hecho repetidos pronunciamientos para que les lancemos un salvavidas que saque a flote la inversión del sector. Alegan que el problema tiene que ver con la alta tributación que deben afrontar en nuestro territorio y piden una reducción de la misma. Ya empiezan también a sentirse las protestas de los contratistas de Campo Rubiales en lo que podría ser el abrebocas de lo que nos espera. Por el lado agrario, algunos cafeteros están pidiendo un nuevo PIC, es decir, que otra vez les garanticemos la compra de sus cosechas a precios superiores a los que el mercado reconoce hoy en día. No demorarán en salir los constructores y banqueros a pedir una nueva ronda de subsidios a créditos hipotecarios. Y así irán saltando a lo largo del año los que creen que pueden extraer rentas del Estado aprovechando el declive general. La combinación de descontentos con la estrechez fiscal será un caldo de complejo manejo para el gobierno.

El segundo frente que requiere atención especial tiene que ver con la duración del declive. En particular, ahora que el sector petrolero está en las malas y quisiera un empujón, cabe la pregunta de si el declive es temporal o no. Y la respuesta tiene dos aristas relacionadas la una con la otra. La de los precios y la de la demanda de crudo a futuro. Después de haber publicado el año pasado programaciones macroeconómicas pensando en precios del petróleo rondando los US$100  por barril, el Ejecutivo ha empezado a trabajar bajo supuestos que se ajustan mejor a lo que parece una nueva e inescapable realidad: los precios del petróleo que tuvimos hasta el año pasado fueron excepcionales. Una de las razones es que el techo del precio está marcado por los costos de extracción por barril de las nuevas técnicas como el fracking. Ese techo está más cerca de los US$50 que de los US$100. De otro lado, las energías alternativas parecen finalmente una realidad y no una promesa. Por ejemplo, luce razonable esperar que a la vuelta de una década la industria automotor finalmente ponga en servicio vehículos competitivos que no usen gasolina. La demanda por hidrocarburos alta y creciente con la que contábamos hasta hace poco quizás se empiece a desvanecer. 

La combinación de una oferta de hidrocarburos alta y una demanda menor a la esperada tendría enormes repercusiones geopolíticas y para Colombia cambiaría radicalmente el panorama económico. Basta recordar que el petróleo representaba en 2014 casi dos terceras partes de nuestras exportaciones y cerca de la quinta parte de los ingresos estatales. Imaginar un país sin esa locomotora -como  se llamaba en el primer gobierno de Santos- debería tener un lugar de privilegio en el escritorio de varios ministerios, varios departamentos  y, claro, en las empresas y trabajadores vinculados al sector.
 

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