Analistas

¡Fuego!

El periodista entra a un restaurante. El comensal de la mesa de al lado le avisa que siente un olor que podría ser gas. El periodista acucioso le pregunta al mesero sobre el olor y este le dice que no hay motivo de alarma, que en todos los restaurantes de la zona ocurre lo mismo. Es más, hace varios meses que algunos clientes notan el tufillo pero nunca ha ocurrido nada. -Pasa aquí, en otros establecimientos y desde hace tiempo-piensa el periodista-. No debe ser nada.

Mientras el periodista saborea el postre piensa que nunca había visto el local tan lleno. Desde el bar hordas de clientes echan vistazos discretos a las mesas a la espera de que los madrugadores decidan liberar algunos puestos. -Juraría  que el olor tiende a empeorar-piensa el periodista, mientras observa que al otro extremo del bar, en medio del tumulto, un cliente vuelca una vela sobre una mesa. -No se han percatado-, piensa el periodista mientras calcula que llegar hasta la pequeña llama le tomaría varios minutos de lucha codo a codo. Alentada por la cera líquida, la flama se estabiliza sobre el madero seco de la mesa.

-El olor-piensa de nuevo. ¿Será su imaginación? Voltea la mirada y observa el micrófono que ha dejado libre el cantante del establecimiento. Mide sus opciones. Pagar e irse. Quedarse e ignorar el asunto; total, si el olor es parte su paranoia, nada grave ocurrirá, al final alguien verá la vela volcada y el asunto no pasará de un pirograbado espontáneo. Volverse hacia el micrófono y contarles a los comensales.

Su yo periodista le llama. Agarra el micrófono y pausadamente, o al menos eso cree, da aviso sobre la vela y el olor. Mientras algunos clientes abandonan el establecimiento otros se encargan de apagar la vela. Los meseros y socios del restaurante reprenden al periodista. Le advierten que enfrentará acciones legales por haber generado pánico entre sus clientes. -Algunos nunca volverán-le increpan. Además, ese olor, el tufillo que asustó al periodista, los acompaña desde hace tiempo. Los dueños del establecimiento toman el micrófono y anuncian que no hay nada que temer, que hay un pequeño problema con el gas pero no es motivo de alarma, mucho menos de pánico.

Una nueva tanda de clientes abandona el establecimiento. Otros pocos entran atraídos por las ofertas de última hora. Un inusual Happy Hour, con todo a mitad de precio. El periodista deja el lugar. Un pedazo de él aplaude las decisiones de la noche. -Si no tomo el micrófono y se desata un incendio estaríamos contando cientos de víctimas, -piensa. Pero otro pedazo de él tiene dudas. Quizás no era gas, quizás el primer cliente que lo mencionó estaba equivocado, quizás este era dueño del establecimiento vecino, quizás fue un idiota al pasar la voz. Quizás arruinó sin razón la reputación del establecimiento.

La explosión ocurrió cuando el periodista, desde una distancia prudencial, se volvió a mirar el letrero del restaurante mientras rumiaba sus dudas. Mientras meseros y comensales escapaban, las llamas crepitaban en el último rincón de madera que encontraron. Y ahora llegó la hora de las preguntas que muchos habituales comensales de la zona y el periodista se hacen. ¿Habrá fugas en otros establecimientos? ¿Fue culpa del gobierno no haber detectado la fuga? ¿Por qué si la fuga era un secreto a voces en el gremio nadie hizo nada para denunciarla antes? ¿Tendrá esta consecuencias penales? Y esa platica ¿se perdió?

Twitter: @mahofste