Analistas

Quisiera ser optimista

La actualidad colombiana no había estado tan movida de noticias desde el proceso 8.000. En una semana pasamos de las renuncias del Director General de la Policía y el Viceministro del Interior surgidas del destape de la “comunidad del anillo” en el cuerpo policial al proselitismo armado de las Farc avalado por el Gobierno en El Conejo. En La Guajira también, los niños Wayúu mueren de hambre y de sed en contraposición a los excesos de Palacio en la compra de almendras y cortinas. En lo económico los sobrecostos de Reficar nos recuerdan el fin habitual de los macroproyectos estatales, a la par que la pasividad temeraria en la presentación de la reforma tributaria en el Congreso indigna a los economistas que ven cómo las agencias de crédito internacionales están a punto de quitarnos el grado de inversión.

En los medios de comunicación tradicionales, la divulgación de las noticias ha sido cauta y neutra. Si bien se ha informado al público sobre los hechos concernientes, el nivel de indignación ha sido muy inferior al que se refleja en las redes sociales y el análisis de la situación se ha limitado a considerar los hechos separadamente, lo cual ha limitado el entendimiento del público en general sobre la gravedad de los riesgos que se ciernen sobre nuestra nación.

El coctel que nos depara el futuro está compuesto por diferentes ingredientes. El lema de “es la economía, estúpido” acuñado por James Carville, el asesor de la campaña de Bill Clinton, describe a la perfección el principal. Con un producto Interno Bruto que cayó de US$384.000 a US$332.000 millones de 2014 a 2015, Colombia está hoy expuesta a varios años de inflación y tasas de interés crecientes que probablemente se reflejarán en mayor desempleo e inconformismo social. Gran parte de los columnistas económicos han manifestado su preocupación recalcando la importancia de presentar la reforma tributaria de inmediato con el fin de evitar que el déficit fiscal seque la inversión y el golpe sea aún mayor.

La situación económica no sería particularmente preocupante si no persistiera el cáncer de la corrupción que sigue haciendo ineficiente nuestra economía. Los escándalos de Reficar y el Icbf en La Guajira reflejan que la clase dirigente aún está permeada por seres humanos poco éticos para quienes el prójimo solo es una palabra esdrújula que representa una oportunidad de enriquecimiento. Los escándalos recientes del carrusel de la contratación y la mermelada demuestran que este tipo de comportamiento está enconado en el modus operandi de una sociedad en la que vivo vive del bobo. Desgraciadamente el nivel de corrupción dificulta significativamente cualquier esfuerzo de reconversión de la economía similar a las que implementaron las naciones del sudeste asiático en su milagro económico por medio de políticas públicas.

Como si fuera poco las reglas del juego de la sociedad, descritas en nuestra Constitución y las leyes, cada vez son más subjetivas debido a su deficiente aplicación práctica. Cuando se desconocen las atribuciones y responsabilidades de las instituciones como en la delegación de la aprobación del acuerdo de paz al congresito, la sagrada potestad del Estado de ejercer el poder por medio de las armas, o, cuando instituciones tan importantes para la democracia como la Policía terminan enlodadas debido a comportamientos ignominiosos por parte de algunos de sus oficiales, es muy difícil que se den saltos cuánticos en el nivel de vida de los menos privilegiados.