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Cruzada contra el bullying, a todo nivel

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Recuerdo que en años escolares uno de los peores desplantes que se le podía hacer a un compañero era mantenerlo fuera de los círculos donde se tomaban las decisiones. Situaciones como no permitirles participar en las alineaciones de los equipos de fútbol de recreo, no invitarles a las fiestas y mantenerles en general fuera de la movida, generaban odios que terminaban creando enemistades que se prolongan mucho más allá de la escolaridad. Claramente los estudiantes que segregaban a los demás terminaban con beneficios singulares como ser el foco de atención de las niñas a la par que se posicionaban como los más populares del colegio.

Para mantener fuera de las esferas de decisión y de poder la herramienta más utilizada con los excluidos era el no compartirles información. Los afectados no tenían acceso a explicaciones sobre las bromas internas, no se enteraban sobre las fiestas y en general pasaban a ser personas de segundo nivel por su desconocimiento de los temas de moda. Como consecuencia de estas actitudes las víctimas de la segregación de los círculos de poder terminaban creando grupos con intereses diferentes.

Eventualmente, con el cambio de paradigmas que se presenta al pasar a la vida universitaria y profesional, la desventaja de los excluidos va desapareciendo permitiendo que se proyecten en nuevos círculos de poder, sin que por lo tanto, dejen de quedar secuelas de resentimiento de las épocas escolares.

Similar a lo que ocurre en los colegios, en las empresas se encuentran frecuentemente directivos que aplican las mismas tácticas de exclusión contra algunos de sus ejecutivos, limitándoles el acceso a la información relevante o no incluyéndolos en los círculos de toma de decisión. Si bien estas actitudes les generan un áurea de poder que les beneficia personalmente, terminan muy rápidamente con una administración dividida que no le hace bien a la empresa ni a sus accionistas. 

Bajo este entorno la moral de los empleados cae rápidamente y las luchas intestinas de poder entre los ejecutivos hacen que las decisiones que conciernen la creación de valor en la empresa caigan a segundo lugar en las prioridades. La comunicación y la colaboración entre las áreas se dificultan mientras los competidores se regocijan por la oportunidad de ganar participación de mercado.

Quien tiene mayor responsabilidad a nivel empresarial de evitar este tipo de comportamientos es la junta directiva. Sin embargo, pocas veces los miembros se inmiscuyen en solucionar este tipo de problemáticas evitando el bullying corporativo y limitándose a labores menos polémicas como definir el direccionamiento estratégico de la organización. En mi opinión, un esfuerzo de los miembros de junta en este sentido no solo es bienvenido sino obligatorio para alinear los diferentes grupos de interés a los objetivos de la empresa.

Por último, las estrategias de exclusión también son utilizadas de modo repetitivo en el campo político, hasta en las democracias. No compartir con el pueblo los borradores de los textos de los acuerdos de paz hasta última hora, rebajar el umbral de aprobación del plebiscito de la paz y excluir de la discusión a quienes no están dispuestos a dar una carta blanca y sin reparos a los acuerdos no dista mucho a nivel táctico de los comportamientos escolares y corporativos descritos. Si bien estas estrategias facilitan la aprobación inicial de los acuerdos de paz terminan poniendo en riesgo su sostenibilidad a mediano y largo plazo.

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