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T-MEC laboral: ¿qué trae la letra chiquita?

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Luis Miguel González Director de El Economista

Los retoques al capítulo laboral acaparan la atención en las horas posteriores al anuncio del acuerdo en torno al T-MEC. En el sector empresarial mexicano han pasado de la fiesta a la resaca porque va quedando claro que habrá mayores compromisos con nuestros socios comerciales. Aparecen exigencias que ampliarían el margen de intervención de Estados Unidos y podrían quitar competitividad o generar problemas para los exportadores ubicados en territorio mexicano.

No habrá inspectores estadounidenses en México, pero sí tendremos un mecanismo que pondrá el ecosistema laboral mexicano bajo la lupa. Los estadounidenses gozarán del privilegio de fungir como árbitros finales en asuntos tan delicados como la elección de dirigentes sindicales y la salud de la democracia sindical en nuestro país. A nadie consuela que los mexicanos tengan el derecho de hacer lo mismo en territorio estadounidense. ¿Queremos y podemos supervisar las condiciones laborales de nuestros vecinos?

Uno de los asuntos que más preocupan a los empresarios es cómo funcionarán los paneles de resolución de controversias en temas laborales. La preocupación se nutre del hecho de que no hay gran experiencia en este tipo de mecanismos de solución de controversias, pero también de que en este delicado asunto, hay un reconocimiento (sin culpa) de que en México casi nadie sabe cómo se come la democracia sindical. Entre los empresarios hay un temor, más que justificado, de que las nuevas reglas del juego crearán un nuevo escenario donde los sindicatos tendrán más poder. “Esto nos preocupa y molesta, lo cierto es que puedo contar con los dedos de la mano las empresas y los empresarios que tienen una relación sana y productiva con el sindicato de su empresa “, me explicaba un empresario del sector manufactero, propietario de una empresa con 120 trabajadores.

¿Pudo México decir no a las exigencias más duras de Estados Unidos? En el gobierno están convencidos de que se logró el mejor acuerdo posible. Jesús Seade es un negociador íntegro y experimentado, así que el problema no está en el hombre que tuvimos en la mesa. En el fondo, la cuestión tiene mucho que ver con que no había plan B. México tenía y tiene demasiadas canicas puestas en la relación con Estados Unidos. No podemos darnos el lujo de poner en riesgo la relación comercial. Un asunto central en la negociación es que Estados Unidos no estaba dispuesto a dejar los cabos sueltos en la implementación de los compromisos laborales. Ya pasó hace un cuarto de siglo y no querían que volviera a pasar. El sitio Político narra cómo el mes de septiembre marcó el punto más bajo de la negociación entre México y EE.UU. En ese momento, los estadounidenses reclamaron al gobierno mexicano el achicamiento del presupuesto para los temas laborales en el proyecto 2020. Ese reclamo, descrito por el sitio de noticias, obligó al gobierno mexicano a ofrecer más garantías de seriedad. Eso explica el incremento del presupuesto y la apertura de un nuevo diálogo sobre cumplimiento laboral por parte de México.

Aplaudimos y apoyamos el acuerdo, pero no estamos contentos porque nos dejaron a oscuras en la parte final de la negociación, me confiesa un dirigente empresarial: hay detalles que están apareciendo que nosotros desconocíamos. Es un asunto de formas, pero también de fondo. El T-MEC marcará la vida económica mexicana de los próximos años. En lo general, casi todos coinciden en que es una buena noticia porque mantendrá el acceso privilegiado al mercado estadounidense en tiempos proteccionistas. Pasados los festejos, la euforia se diluye y aparecen las preocupaciones. Es tiempo de ver las letras chiquitas y ponerse a trabajar en lo que será la implementación. ¿Tendrán los empresarios un lugar relevante en la mesa? Ésa es una de muchas preguntas.

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