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Analistas 22/02/2023

Que viva el Rey

“Que viva el Rey y que muera el mal gobierno”. Esta era la fórmula que utilizaban los rebeldes en las colonias americanas de España para sacar a palos a los virreyes sin caer en la indeseable posición de convertirse en traidores al reino.

Reciclada, la misma prescripción es la que esgrimen por estos días ilustres miembros de la coalición gubernamental. Despotrican de ministros y de altos funcionarios alegando que son unos talibanes que desdicen de la voluntad conciliatoria y ecuánime del primer magistrado de la Nación. Es su manera de decir “viva el presidente, pero muera el mal gobierno”.

En efecto, los ministros son los fusibles del presidente: están allí para absorber los shocks eléctricos del sistema y fundirse oportunamente para proteger a quien los nombró. Por eso muchas veces la exposición a la carga eléctrica es intencional. Es como elevar una cometa con una atado de llaves para atraer los rayos.

El barrilete en este momento es la ministra de salud, quien, por demás, no necesita mayores incentivos para exponer el pellejo. Lo hace con todo el gusto. Lanzó su bárbara reforma sin consultarle a nadie y cuando vino la merecida avalancha de críticas, entre ellas de sus propios compañeros de gabinete, por un momento pareció flaquear. Esto sirvió para que se concretara una reunión con el presidente, quien escuchó a los aseguradores del sistema sanitario, pero no movió un dedo.

Después salió el ministro del interior anunciando con vehemencia que las EPS se mantenían, para dos días después ser desmentido por el texto del proyecto de ley, que las obliteraba del mapa.

El episodio demuestra que las locuras de los ministros extremistas no son ocurrencias de un par de mentes chifladas. Lo que estamos viviendo no es un problema de buenas intenciones presidenciales y de “mal gobierno” de unos activistas. La demencia viene desde arriba y se riega como una sustancia tóxica por toda la administración.

Los patriotas que vitoreaban al monarca español mientras despedían a virreyes y oidores aprendieron a las malas que quien estaba detrás de todo el desgreño colonial era su mismísima majestad. Toda la podredumbre, en realidad, emanaba de Fernando VII. Y cuando este se enteró que unos igualados habían destituido a sus delegados virreinales no se sentó a reflexionar sobre sus faltas, sino que envió a Pablo Morillo para que fusilara a los insurgentes.

Figurativamente hablando, lo mismo hará Petro. Los funcionarios objeto de las críticas no suelen hacer las cosas a las espaldas del que los puso ahí. Menos en una democracia liberal del siglo XXI, como la colombiana, donde cada intervención, trino o comentario de un miembro del gabinete está siendo difundido ampliamente en las redes sociales.

El cerebro de las lunáticas reformas que se presentarán al Congreso -y de las políticas públicas que las acompañan- es el presidente de la República. Él será el principal responsable del caos sobreviniente. A estas alturas no se ve cómo la explosión del volcán petrista se pueda controlar. Cuando ocurra, la onda expansiva le volará la cabeza a más de uno.

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