Analistas

Movilizaciones contraproducentes

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Luis Guillermo Vélez Cabrera

Santiago, Quito, Hong Kong, Beirut, Barcelona, La Paz y hace unos días Bogotá, París, Caracas y Kiev. El mundo parece estar yéndose para el carajo. Las muchedumbres bloquean las calles, saquean las tiendas y queman los automóviles. La mayoría de la gente se resguarda atemorizada en sus casas, mientras que los políticos hacen su agosto: mano dura dicen unos, comprensión dicen otros, sigamos incendiando dicen algunos. Los gobiernos, por su parte, se quedan paralizados como venados encandelillados, debatiéndose entre la represión (para eso está la policía), caso en cual los acusarán de fascistas, o entre el diálogo (para eso somos demócratas o pretendemos serlo), caso en el cual dirán que son débiles.

Más interesante aún: de un día para otro, la tuiterocracia se convierte en experta en historia y política chilena, ecuatoriana, china, árabe, catalana y francesa y se aventuran sesudas explicaciones de porqué era obvio que iban a quemar el metro de Santiago, o a bloquear la AP-7 en Gerona o porqué Carrie Lam, la jefe ejecutiva de Hong Kong, debería renunciar.

Lo único que parece cierto es que no hay un hilo conductor entre las protestas. No son protestas “pro-democracia”, ni “anti-globalización”; algunas tienen que ver con temas económicos, otras con temas culturales, otras con temas políticos.

Quizás lo único que las une es que todas están facilitadas por las redes sociales, lo cual no quiere decir que las redes sean las culpables del caos. No hay que matar al mensajero. Las redes, como cualquier tecnología, son tan buenas o malas como quien las usa. Facebook sirve para organizar una fiesta de quince o para planear un saqueo.

Lo otro es que ahora todos tenemos una cámara de video en el bolsillo y por eso los momentos dramáticos de una movilización quedan gravados para la eternidad: el bolillazo del policía, el coctel molotov y la niña ensangrentada. En minutos estas imágenes le dan la vuelta al mundo y la zozobra se magnifica. Al día de hoy, Santiago no está en ruinas como Alepo, ni las Ramblas son un campo de batalla como en la guerra civil y todavía se puede tomar café en Beirut.

En general, estas movilizaciones masivas son contraproducentes para las causas que pretenden impulsar o defender. Por cada persona en la calle hay 10 que están en su casa viendo la televisión o el Instagram y, salvo que el régimen político sea tremendamente impopular, la gente prefiere el statu quo que la incertidumbre. Más bien, lo que sí acaba ocurriendo es que los gobiernos, sobretodo los autoritarios, aprovechan estas coyunturas para apretar las clavijas.

Tienen el pretexto perfecto: hay que controlar a las redes sociales para evitar los desmadres, hay que apresar a los opositores por vandalismo, hay que posponer las elecciones porque no están dadas las condiciones y cosas por el estilo. Un consejo no pedido: el mejor camino para los cambios es el trabajo lento y aburrido de la concertación política en el parlamento. Muy siglo XX, pero, de todas formas, el mejor camino.

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