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Gustavo Petro ya no es presidente de Colombia. Aunque no reconozca el triunfo de su sucesor y alegue conspiraciones cada vez más fantasiosas sobre el resultado electoral, lo cierto es que el mandato terminó el 7 de agosto. Sin embargo, hay personas que abandonan el cargo y personas a las que el cargo abandona. Petro parece pertenecer a la segunda categoría y la diferencia no es menor.
El expresidente conserva la voz, las redes sociales, los seguidores y, sobre todo, la convicción de que la historia todavía le debe obediencia. Habla como si la banda presidencial siguiera sobre sus hombros, como si las decisiones del nuevo gobierno fueran todavía asuntos que debieran pasar por su escrutinio y como si la derrota de sus preferencias políticas fuera, de alguna manera, una anomalía que el país está obligado a corregir.
Lo vimos la semana pasada dirigiendo desde su cuenta en X la atención del terremoto en el occidente del país. Daba órdenes a sus seguidores para recoger pertrechos, exigía la presencia del buque Benkos Biohó en aguas de Buenaventura, especulaba sobre la naturaleza del sismo y pedía (y objetaba) la presencia de rescatistas internacionales. En otras palabras: actuaba como un viudo del poder, ese estado peculiar en el que el gobernante ha perdido el cargo pero no ha conseguido desprenderse de él. Como los amputados que pierden una pierna pero todavía les rasca. Para Petro el poder se fue, pero dejó su fantasma.
Y quizá el problema no sea solamente el expresidente. Es la dificultad, mucho más humana, de aceptar que una oportunidad histórica tuvo un plazo, que muchas decisiones no se tomaron, que otras se tomaron mal y que muchas de las grandes promesas terminaron convertidas en nada. Los gobiernos suelen imaginar que serán recordados por las grandes batallas que libraron y ganaron. La historia, en cambio, suele recordarlos por aquello que pudieron hacer y no hicieron. Por la reforma que no lograron. Por la institución que no fortalecieron. Por el problema que dejaron intacto. Por el tiempo desperdiciado en una pelea inane.
Petro tuvo una oportunidad excepcional: gobernar desde la izquierda, demostrar que el Estado podía ser reformado sin ser destruido, reducir las desigualdades sin convertir cada diferencia en una guerra a muerte y dejar una administración capaz de sobrevivir a su propio proyecto político. Pero gobernar una democracia exige virtudes poco revolucionarias: concertación, moderación y prudencia. Atributos que no son el fuerte del expresidente saliente.
Todas las carreras políticas acaban en lágrimas, dice el dicho de los ingleses. El ejercicio del poder es, a la vez, como un matrimonio y un funeral. Mientras se está casado las cosas parecen eternas, pero cuando termina se da uno cuenta de la falta que hace. Quizá esa sea la verdadera prueba para Petro. No demostrar que puede llenar una plaza, provocar una tendencia en X o producir una frase que incendie el debate nacional. Eso, probablemente, todavía lo pueda hacer. La verdadera prueba para Petro es otra: descubrir que puede llegar a ser un expresidente.
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