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Analistas 14/01/2026

La Constitución de la Tierra

La captura del dictador narcotraficante Nicolás Maduro por parte de las fuerzas especiales de los Estados Unidos ha desatado un intenso debate sobre la legalidad o no de la operación a la luz del derecho internacional. La mayoría coinciden en que la operación es violatoria de las normas mientras que otros consideran que era justificada debido a la falta de legitimidad del régimen.

Esta discusión, como muchas de las disquisiciones de la intelligentsia jurídica criolla, es en realidad irrelevante: en el mundo neo-tucididiano en el que vivimos, gústenos o no, los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que deben.

Sin embargo, como solución a lo que claramente es un pantano moral, el profesor Rodrigo Uprimny -y el presidente Petro- rencaucharon una idea del profesor italiano de derecho, Luigi Ferrajoli, quien propuso, ante el fracaso de las instituciones del derecho internacional para resolver los problemas globales, la creación de una “Constitución de la Tierra”.

Sería, en resumidas cuentas, un documento constitutivo de un gobierno terráqueo donde los países ceden su soberanía a favor de un organismo mundial que de alguna forma no muy especificada lograría la igualdad total, el respeto por los derechos humanos, la justicia social universal y la conservación del medio ambiente. El monopolio de la fuerza militar estaría en manos de algo parecido a una ONU en esteroides y se establecería un fisco global para recaudar impuestos con el fin de financiar los derechos sociales a la educación, la salud y la alimentación básica de la humanidad.

Que dislate. Uno siempre puede confiar en que los académicos son capaces de agravar el problema que pretenden resolver. La crisis del régimen internacional se debe resolver, según ellos, creando un sistema igual al fracasado, pero aún más grande y poderoso. O sea, incrementar en varios ordenes de magnitud el desastre que ha sido la ONU y toda la parafernalia inútil que la acompaña.

Detrás de la propuesta de Ferrajoli y compañía lo que hay es una ingenua fe en que los problemas del Estado se resuelven con más Estado. Si las leyes fallan, creen, lo que se necesitan son más leyes. Si el gobierno no funciona, la solución es un gobierno más grande y fuerte.

En el caso del gobierno terráqueo que proponen la apuesta es bastante delicada. Basta con revisar la calidad de impresentables que ocupan posiciones de importancia en agencias internacionales como el Ecosoc, la Unesco, el Consejo de Derechos Humanos o la CPI para morirse del susto. En el mejor de los casos son burócratas ignorantes y en otros patanes ideologizados. Funcionarios soberbios sin ningún tipo de legitimidad. ¿Se imaginan a clones de Susana Muhamad, Luis Eduardo Montealegre o Jaramillo Jassir manejando el planeta?

Es un alivio saber que este tipo de ideas solo se toman en serio en las torres de cristal de la academia. Nadie con un centímetro de sensatez le otorgaría poder a burócratas no elegidos de este pelaje. Si se trata de defender la soberanía de las nacionales el primer paso es descartar cualquier iniciativa que busque la colectivización del planeta.

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