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Analistas 02/11/2022

El regreso de Lula

Después de estar preso durante varios años y de que el gobierno de su sucesora colapsara en medio del escándalo de corrupción más grande de la historia de América Latina, Lula da Silva le ha ganado las elecciones a Bolsonaro por lo que vendría a ser la mínima diferencia, como dicen los comentaristas deportivos.

Porque ganar por el uno por ciento no se traduce precisamente en un mandato popular para hacer la revolución. Sobre todo cuando el congreso y las más importantes gobernaciones están en manos de la derecha y de los alfiles del bolsonarismo.

La victoria de Lula, sin embargo, tiene elementos positivos. Para empezar, el nuevo presidente tiene experiencia en gobernar. Sabe muy bien qué necesita del sector privado para mantener una economía próspera y respeta -como quien respeta las olas tormentosas del mar- a los tenedores de bonos internacionales. Lula no tiene cara de estar disparando trinos matutinos en contra de los financiadores de su programa de gobierno.

Tampoco parece estar dispuesto a cometer suicidio fiscal desmantelando la empresa nacional de hidrocarburos y tiene claro que el aporte de los países sudamericanos a la lucha contra el cambio climático se debe centrar en el control de la deforestación, sobre todo de la Amazonía. Cerrar el grifo petrolero y gasífero sería, como diría Napoleón, algo peor que un crimen: sería una estupidez. O una irrealidad, como tuvo la oportunidad de explicárselo al presidente colombiano en una entrevista reciente.

Lula, por ser Lula, y Brasil, por ser Brasil, están llamados a ejercer el liderazgo político en la región. Se requiere de un adulto responsable que le ponga algo de orden al desmadre que reina en la izquierda latinoamericana, ahora en el poder en casi todas partes. Los que no son unos dictadores despreciables, son unos soñadores bisoños y los que no son patéticamente ignorantes son unos avivatos manilargos. Algunos, inclusive, son todas estas cosas al mismo tiempo.

La última vez que se dieron estas circunstancias, a mediados de la primera década de este siglo, las empresas brasileras -con el apoyo del gobierno de su país- se dedicaron a repartir coimas por toda la región. Brasil cohonestó con el terrorismo. La bonanza de los commodities se derrochó en subsidios. Se toleró la consolidación de regímenes autoritarios que derivaron en monumentales crisis humanitarias y se confundió el liderazgo con la celebración fastuosa de olimpiadas y mundiales que sirvieron mucho para darle vitrina a sus organizadores pero poco para sacar a la gente de la pobreza.

Ahora hay una segunda oportunidad. Es importante que Lula demuestre que el populismo desbocado solo trae miseria, que es posible hacer cambios sociales sin desbaratar la economía y que no hay que reinventarse la rueda. Pero, más relevante aún, que la ideología no puede ser una excusa para violar los derechos humanos, ni para atropellar a la oposición, ni para desguazar la democracia dejando solo sus rituales.

Lula es el paterfamilias de la izquierda regional, ojalá esta vez no vuelva a claudicar de sus responsabilidades.

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