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Analistas 04/08/2021

El próximo dominó

El fantasma del castrochavismo recorre a Latinoamérica. Con razón o sin ella, la victoria de Pedro Castillo en Perú, el resurgimiento del Partido Comunista en Chile, el populismo de AMLO, la tiranía de los Ortega en Nicaragua y el regreso inevitable de Lula dejan una sensación de déjà vu: esta película ya la vimos y no acaba bien.

No pasaron horas desde que Chávez jurara que sería un segundo Libertador para que acometiera el desmantelamiento de la democracia venezolana. A nadie se le puede olvidar que el teniente coronel tomó posesión de la presidencia poniendo la mano sobre la “moribunda” Constitución de 1961 dejando claro desde el primer momento para donde iban las cosas.

Algo parecido está ocurriendo en Perú, donde los primeros pasos de Pedro Castillo no tienen por qué sorprender a nadie. El anuncio de una constituyente y el nombramiento de un primer ministro a la imagen y semejanza de Diosdado Cabello aterrorizan a todos. La época de outsiders como Alan García, Toledo o Humala que, valga decir, resultaron más ortodoxos que los ortodoxos, ya pasó. El crecimiento espectacular de la economía peruana en las dos últimas décadas nos ofrece una buena lección: el desarrollo le sirvió a los ricos y a los pobres; con el problema de que los ricos se hicieron más ricos y los pobres, menos pobres, pero aún siguieron siendo pobres.

En Chile, por otra parte, el pinochetismo sobrevivió a Pinochet; acto que fue posible porque se mantuvo la Constitución de 1980. La incompleta transición chilena brindó prosperidad económica y social, pero uno podría decir que no ofreció algo igualmente importante: tranquilidad emocional. Es como andar por la calle con un traje dos tallas más pequeño. Cuando la incomodidad resultó insoportable pasó lo que pasó, la convocatoria de una convención constituyente con mayorías de izquierda que promete tirar el exitosísimo “modelo” a la basura.

Ortega es el patán que siempre ha sido y Nicaragua, infortunadamente, terreno fértil para este tipo de orangutanes. Lo raro no es que funja de heredero putativo de Somoza, enviando a la mazmorra a sus detractores, sino que no lo hubiera hecho antes. AMLO en México es la transustanciación del antiguo PRI, el de Luis Echeverría Álvarez y no el de Ernesto Zedillo, empecinado en devolver el reloj a los viejos tiempos de la presidencia imperial, donde, como diría Enrique Krauze, descansaban todos los bienes y todos los males de la nación. Lula aspira a regresar porque puede y porque no sabe hacer otra cosa que hacer política, un hombre fuerte en contra de otro hombre fuerte, Bolsonaro, en un choque titánico entre dos populismos.

Cada país es producto de su historia, por eso resulta tan frustrante verificar que, a pesar de los avances reales de los últimos años, la región no logra salir de los ciclos caudillistas y populistas que la han caracterizado desde la independencia. El próximo dominó en caer, si sigue la polarización entre una derecha primitiva y una izquierda irresponsable podría ser Colombia.