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Carta al director

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Luis Guillermo Vélez Cabrera - lgvelezcabrera@gmail.com

“Bogotá, agosto 8 de 2027

Apreciado Fernando:

Por fin el país despierta de esta pesadilla de cinco años. La restauración de la democracia y el regreso de la inversión privada así lo demuestran. Definitivamente, uno no sabe lo que tiene sino hasta que lo pierde.

Muchos alertamos de la elección de Gustavo Petro como presidente en 2022. La polarización y las rencillas permanentes del establecimiento le abrieron el camino. Al principio, algunos fueron condescendientes: “No es tan malo como parece”, dijeron. Pero quienes lo conocíamos desde sus tiempos de guerrillero sabíamos que era un lobo con piel de oveja.

Y sacó las uñas en las primeras de cambio. Su elección, como era de esperarse, generó una fuga de capitales. Con dólar a $4.500 al finalizar el año, la inflación se disparó y las inversiones se pararon en seco. Como en Venezuela, las cosas empezaron a escasear y Petro salió al balcón -la primera vez de muchas- a echarle la culpa de la “guerra económica” a la oligarquía y a los gringos. La “guerra se enfrenta con más guerra”, dijo.

Al no contar con una mayoría, sus relaciones con el Congreso fueron tensas, aunque todo cambió cuando les ofreció a los congresistas de la oposición el Sena y el Icbf y nombró recomendados en cuanta embajada pudo. Esto le permitió aprobar las “leyes del amor”, como las llamó, que expropiaron la banca, nacionalizaron el sistema de salud, cooperativizaron la agricultura y transformaron a Ecopetrol en una empresa productora de paneles solares. Todo como parte del “cambio de modelo”, que afirmó, había prometido.

La prensa y algunos grupos empresariales se le opusieron con fervor. “Ponles un bozal de arepa”, le sugirió a Petro su nuevo mejor amigo, el dictador Diosdado Cabello. Pero muchos se resistieron a las ofertas generosas de pauta y compra que hacía Juan Carlos Montes, el nuevo cacao y uno de los más renombrados “petrichicos”.

Con cada día que pasaba las acciones del Gobierno se tornaban más autoritarias. En los cabildos permanentes transmitidos por televisión, Petro repartía tierras a dedo y fomentaba la toma de fábricas. “Al pueblo lo que es del pueblo, porque el pueblo se lo ganó”, cantaban sus seguidores. Sin embargo, las cortes rechazaron una y otra vez las arbitrariedades del régimen. Gracias a Dios. Ahora, más que nunca, me siento orgulloso de nuestra tradición santanderista.

El punto de quiebre ocurrió cuando convocó la asamblea constituyente y, por sugerencia de los cubanos, le pidió la baja al cuerpo de generales para reemplazarlos por oficiales de su rosca. Otra idea de Diosdado. Las marchas ciudadanas y la presión internacional finalmente hicieron que el Congreso reflexionara y, antes de que Petro pudiera imponerse, el Senado lo declaró indigno y lo destituyó. Me dicen que está ahora en Bolivia y que la senadora Cabal, en su calidad de presidenta interina, lo está pidiendo en extradición. Supongo que esto, también, algún día quedará atrás.

Me despido esperando mejores tiempos. Con un abrazo, LGV”.

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